Diego Almeida Guzmán

La conciencia

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Sábado 14 de noviembre 2020

El filósofo y antropólogo francés P. Ricoeur, refiriéndose a los ‘acontecimientos monstruosos del siglo XX’, sostiene que “Cuando un pueblo es pervertido hasta el punto de alimentar una eticidad mortífera, el espíritu deserta de instituciones criminales y se refugia en la conciencia moral de un pequeño grupo de individuos (…)”. Tener conciencia involucra un “darse cuenta” de los efectos que las acciones y omisiones ocasionan a los demás. En los sectores sociales incapaces – por malformaciones endémicas – de recapacitar en sus actos, se identifica filosófica y sicológicamente una conciencia maligna.

Un organismo, sea éste individual o colectivo, se reputa consciente cuando tiene capacidad de percibir, pensar y sentir. La percepción bien podría quedar en un plano físico puro, que en tanto sea asumido de manera objetiva es válido a los efectos que nos ocupan. El pensar va más allá pues accede a lo “íntimo”, que en palabras de J. Locke “consiste en ser consciente de que uno piensa; la idea del pensamiento en ausencia de la conciencia es tan ininteligible como la idea de un cuerpo extendido sin partes”. Estamos frente a una inclinación empírico-honesta, no contaminada de subterfugios auto-justificativos reprochables.

Esa conciencia en el pensar, para cerrar el círculo, suplica un “sentir”; es decir, la reacción moralmente natural en la secuencia de la percepción y la reflexión, en términos de decoro y de responsabilidad comunitaria. Cuando la imagen sensorial –y la consiguiente evolución del sentir– y el pensamiento no guardan consistencia, se manifiesta inconsciencia.

En ciencias sociales, la conciencia está evocada a partir de un enunciado básico… somos lo que los demás nos han ayudado a ser, que es a su vez cimiente de la protección mutua. El hombre como tal y como integrante del conglomerado social, es un ente moral llamado a responder con su conciencia. La conciencia impone desterrar el egoísmo. Cualquier acomodo “conciencial” a intereses mezquinos que dejan de irradiar aquel pensamiento resultante de la percepción, desvanecerá la subsistencia respetable y honrada de la sociedad.

Algunos autores hablan de “subjetividad social alienada”. Ésta es conducente a, a la vez que fruto de, una conciencia sometida o manipulada (O. D’ Angelo). El sometimiento y manipulación de la conciencia fatalmente desemboca en la ruptura de las estructuras sociales. La autoexpresión de los sectores sociales y de sus representantes impone consistencia en la exteriorización de su conciencia. El momento en que la conciencia se “somete” a la ingratitud, esos sectores revelan escasa autoestima, siendo que el estimarse obliga también a valorar al prójimo. La instancia que el mundo atraviesa exige de una conciencia transparente. En ésta, la noción de decencia propia se rompe de manera indefectible cuando atentamos contra la dignidad de otros.