Alfredo Astorga

Como si...

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La expresión es parte del acervo cultural del Ecuador. Son dos palabras y tres puntos suspensivos con mucho significado y densidad. El “como si…” refiere a una figura de encubrimiento. El enunciado de un parecido con alguna situación. Pero que no es ni llegará a ser aquello.

Los ejemplos sobran. Actúa como si… supieras del asunto. Como si… tuvieras plata y estilo. Como si… te interesaran mucho los demás. Como si… la amaras de verdad. Nos acercamos a la realidad sin tocarla, rozándola apenas. A veces sirve de excusa o consuelo. O simplemente de ocultamiento. Para justificar vidas y hechos, para evitar culpas y crisis.

Esta práctica está presente en todos los campos. De tanto repetirla, casi la ignoramos. El mundo educativo tampoco es inmune. Hay muchas cosas que se hacen como si… se hiciera lo correcto o lo excelente, como fanfarronean algunas autoridades.

Esta semana, 2 millones de estudiantes vuelven a clase en sierra y oriente. Ocasión propicia para escudriñar algunos “como si…” tan constantes como dolorosos. Como si… están garantizados los aprendizajes. Como si… los niños estuvieran seguros. Como si… las directrices llegaran a todas las escuelas. Casi una actuación, un simulacro.

Lo peor llega cuando el simulacro es aceptado tácitamente y se vuelve natural y recíproco. Centros que actúan como si enseñaran; familias y niños, como si aprendieran. Autoridades que juran dirigir los aprendizajes; maestros y directores, como si las siguieran. Así entramos en tierras pantanosas, cercanas al cinismo.

El nuevo período, en lugar de discursos calcados y promesas incumplibles, podría aprovecharse para sincerar un par de cosas. Una podría ser revisar sin miedos la pertinencia y utilidad de lo que se enseña. Cuánto de ello desarrolla potencialidades de los chicos y sirve para la vida y el país. El resultado sería un inmejorable diagnóstico y un precioso insumo para reinventar currículos, no solo los prescritos sino los reales de carne y hueso... que difieren bastante.

Una segunda apuesta podría ser garantizar la seguridad de los chicos. Previsiones y sanciones al acoso y la violencia que se desparraman en aulas, patios, pasillos, baños. Estimular la denuncia es esencial pero no alcanza. Son los juicios, sanciones y reparaciones las que sientan precedente. Hoy, cientos de denuncias del Ministerio duermen en Fiscalía. Como si no mereciéramos respuesta.

Cada año escolar llega con sus presagios y expectativas. No alentemos los discursos exitistas y las medias verdades. Hagamos conocer la voz de los miles de actores educativos –maestros, familias, estudiantes– que sí piensan en la vida de estos 2 millones de esperanzas que regresan a las escuelas. Atraídas más por sus amigos del alma que por las promesas adultas. Como si no lo supiéramos.