Vacunas y aborto ¿debate racional?

“Tienen derecho a expresar sus opiniones, siempre que no violen derechos, difundan ideas de superioridad racial o promuevan discursos de odio”.

Una señal de salud de las sociedades democráticas es la posibilidad de opinar, discrepar y debatir. El desacuerdo es sano; a partir de la contraposición se puede llegar a consensos mínimos en comunidades marcadas por la diversidad, la pluralidad de ideas, opiniones y valores. Solo en los totalitarismos, las dictaduras o las autocracias, se anula el debate, se silencia al que piensa distinto.

En las sociedades democráticas se presenta una paradoja, especialmente en el contexto de debates con alta carga valorativa; se suele abrir paso a las posiciones más extremas, que se asumen como verdades irrebatibles, con capacidad para hacer mucho ruido y tomarse rápidamente el centro de la discusión, presentándose como irreverentes o excepcionales, pese a que suelen defender ideas que se han demostrado como erradas por la razón o la ciencia por años o, en ocasiones, por siglos. Cuando los radicalismos se toman el debate se hace imposible dotarle de racionalidad, porque desprecian toda evidencia que contraríe su posición, porque sostienen como verdad absoluta cualquier afirmación absurda o contraria a la razón o, incluso, la presentan desde una aparente cientificidad o racionalidad.

El debate público se deteriora, anulando cualquier posibilidad de deliberación, al no existir la posibilidad de intercambiar razones, de comprender la posición del otro y llegar a acuerdos; los fundamentalistas, sin importar lo absurdo de lo que sostengan, se creen poseedores de la verdad.

Esto pasa actualmente en el debate sobre dos temas sensibles e importantes: el aborto y las vacunas, donde voces radicales tienen cada vez más espacio y hacen imposible una deliberación democrática; sin embargo, debemos tener presente que tienen derecho a expresar sus opiniones, siempre que no violen derechos, difundan ideas de superioridad racial o promuevan discursos de odio. Esta es la paradoja democrática, pero hay que darles el sitio que les corresponde.