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Compararemos la noticia del martes 15 de agosto sobre pederastia de curas católicos en el estado de Pensilvania, Estados Unidos, con lo que dice el Evangelio de San Mateo. Relacionaremos pederastia con poder eclesiástico. Veremos las consecuencias para las víctimas y para la iglesia Católica Romana.

Luego de 24 meses de investigación, el Informe del Gran Jurado de Ciudadanos coordinado por la Procuraduría de Pensilvania cubre en 1.356 páginas los últimos 70 años de abusos sexuales perpetrados por 301 sacerdotes de dicho estado a, por lo menos, mil menores de edad,. Y nota que los casos han disminuido desde el año 2003. Diario El País de Madrid, España, pone énfasis en que el Informe está repleto de descripciones escalofriantes y de crudos ejemplos de impunidad. Añade que la investigación revela redes de sadomasoquismo, violaciones en hospitales y uso de somníferos.

El evangelio de San Mateo, 18:1-6, nos cuenta que los discípulos de Jesús le preguntaron quién era el más grande en el Reino de los Cielos. Jesús llamó a un niñito y dijo: “Les aseguro que si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrán entrar en el Reino de los Cielos. El que se hace pequeño como este niño, ese es el más grande en el Reino de los Cielos. Si alguien hace tropezar y caer a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le amarraran al cuello una gran piedra de moler y que lo hundieran en lo más hondo del mar”.

Una de las causas de la pederastia es, con excepciones, el poder y la soberbia de obispos, cardenales y papas. Les vale más el prestigio de la Iglesia que no los derechos de los niños. Las víctimas llevan vidas miserables, caen en el alcoholismo, se sienten sucias e inferiores, entran en depresión. No son pocos los que se suicidan. La Iglesia es vista como un sepulcro blanqueado, los fieles más pensantes pierden la fe, las arcas de las diócesis recogen menos dinero, los juicios penales y las reparaciones cuestan a los obispos muchísima plata, algunas diócesis han quebrado.

Disminuyen los aspirantes al sacerdocio y a la vida religiosa. San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco I han encubierto este mal y luego han cambiado, tanto por sus convicciones cristianas, como, sobre todo, por miedo a la prensa libre que ha sido hasta ahora la gran reformadora de estas miserias humanas. Ojalá nos equivoquemos.

Habrá que escribir sobre la pederastia en Ecuador, en los curas y pastores y monjas y escuelas y colegios y familias y redes de pornografía infantil. Habrá que pedir al ministerio de Educación que no se tarde tanto en sacar el informe sobre maestros pederastas. y que, guardado el debido proceso, dé el nombre de los culpables sentenciados. Y gracias a Jesús Nazareno, a sus lirios del campo y a su cielo sin nubes.

sespinosa@elcomercio.org