Lolo Echeverría

Pasajeros pretendientes de poder

Imaginar un mundo en el cual los políticos fuesen hombres buenos y honrados que han abrazado la profesión para servir a los demás porque han visto la penuria en que viven y han medido su capacidad para cambiar esa realidad; que han hecho de la militancia partidista un ejercicio práctico de democracia; que han llegado a ser líderes por su capacidad y porque su forma de vivir inspira a sus seguidores… imaginar ese mundo de políticos ejemplares deprime, porque los políticos reales parecen egoístas, ignorantes y corruptos, ¿dónde están los buenos?

No se inquieten los políticos; pasa lo mismo con todas las profesiones y todas las actividades. Estamos cada uno en lo nuestro porque no servimos para otra cosa, porque empezamos por curiosidad y nos gustó, porque se empeñó algún padrino o simplemente por mandato del destino, pero siempre estamos lejos del ideal. Solo que, en el caso de los políticos, es difícil decidir, si deben ser profesionales o sólo transeúntes en la política.

Se cuestiona que los políticos sean profesionales porque no viven la vida real, desconocen las actividades empresariales, académicas, artesanales o espirituales; actividades que, sin embargo, legislan, administran, juzgan, comandan o destruyen. Pero la política es muy compleja para que se entregue en manos no profesionales, de pasajeros pretendientes de poder.

En los últimos días hemos sufrido el embate de políticos que humillaron a la capital. Nos hicieron sentir vergüenza, se burlaron, exhibieron ignorancia, inoperancia y corrupción que merecieron el rechazo ciudadano y podían provocar males irreparables si no se les detenía. Hubieran conseguido que despreciemos no solo a los políticos malos sino también a los buenos.

Un político nombrado para planificar y administrar la ciudad se ha mantenido dos años rodeado de incompetentes y malvados que ahora están presos o prófugos. Cuando le han descubierto contratos irregulares, sobreprecios, gastos en autopropaganda, los jueces se han visto obligados a ordenar prisión preventiva, pero él, se ha negado a renunciar o a pedir licencia y ha pretendido imponer a los ciudadanos su presencia indeseable.

Otro político audaz ha tomado el nombre de un colectivo de ciudadanos para ejercer el derecho de participación y plantear la remoción del alcalde. A la hora de sustentar las acusaciones, ha tenido la desfachatez de retirar la petición aduciendo que no creía que iba a contar con los votos suficientes para la destitución. Se burló de los miembros del colectivo Quito Unido, de su propio abogado, de los concejales, del derecho de participación ciudadana y de todos los ciudadanos de la capital. No se sabe si actuaba en contra del alcalde o en su favor, si era un ciudadano heroico o un mercenario contratado para ensuciar la política. Al nuevo alcalde y a los concejales les corresponde ahora probar que hay políticos buenos.