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Domingo 19 de agosto 2018

Un hermoso verso de Jorge Luis Borges dice: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”.

Y, sí, al parecer los humanos estamos hechos de esa sustancia imprecisa y etérea que se desvanece ante el poder de la muerte, o que en un disparo luminoso quizás muta o trasciende hacia otras dimensiones tras aquel trance ineludible, o, a lo mejor, no desaparece del todo sino que permanece entre nosotros mientras alguien mantiene vivo nuestro recuerdo.

La muerte de un ser querido será siempre dolorosa y dejará huellas profundas. Aunque aquel desenlace esté previsto de antemano, a pesar de que casi nunca se sepa ni cómo ni cuándo, esas huellas hendirán el alma y alborotarán la memoria para rescatar de entre sus pliegues cada uno de los recuerdos asociados a la persona amada.

La desaparición del padre o la madre está necesariamente vinculada al desamparo y al temor natural que tenemos como especie por la soledad, aquella sombra que nos persigue desde niños.

Si el camino recorrido por esa madre o ese padre ha sido largo, asumiremos su partida con cierta resignación, aunque siempre con dolor, pero de algún modo el tiempo que hemos permanecido juntos, alimentado por los recuerdos que almacenamos en la memoria, será el que permita soportar su ausencia hasta el final de nuestra propia vida.

Cuando el camino ha sido corto, ya sea que se trate de un niño o de un joven, el dolor por su desaparición, además de rozar lo incomprensible, será siempre más hondo y disperso. Para un padre o una madre ese dolor que no tiene nombre ni umbral que lo limite se convertirá en un apéndice inseparable por el resto de su vida, y entonces otra vez entrará en juego aquel mecanismo de defensa que es nuestra memoria para levantar el espíritu abatido con los recuerdos de lo que fue el tiempo compartido con esa persona.

Quienes han sufrido este dolor comprenden en algún momento que el tiempo final del ser amado no está marcado por la fecha de su muerte sino por su olvido definitivo. Por esa razón nos aferramos en cuerpo y alma a los recuerdos del ausente. Más allá de las fotografías, de los objetos que le pertenecieron o de los espacios que ocupó, está su voz que surge de pronto cuando más lo necesitamos; están sus risas que ocupan un compartimento secreto que suele abrirse cuando menos lo esperamos; está su presencia, innegable, en cada paso que damos, en cada respiración, en cada latido, en cada uno de nuestros sueños que son el espacio vaporoso de los nuevos encuentros, pues ese ser al que amamos con toda la intensidad posible vive aún en nuestro interior, en nuestro tiempo que es ahora es también el suyo.

A la memoria de Edwin Terán y Thomas Neidl, que están viviendo el tiempo de los seres que los amaron, de los que los recuerdan cada día con cariño y de todos aquellos en los que dejaron sus huellas.

ovela@elcomercio.org