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Domingo 23 de junio 2019

El principio básico de la convivencia es el respeto, palabra amplísima ligada a la tolerancia, a la comprensión, al amor, a la igualdad, a la libertad o a la empatía, entre muchas más que engrandecen su auténtico sentido.

A propósito del reconocimiento del matrimonio igualitario en el país, los últimos días hemos visto en la sociedad reacciones de todo tipo, desde las que aplauden y respaldan la decisión de la Corte Constitucional por que la sienten como el reconocimiento de un derecho a la comunidad Glbti, hasta las que repudian y atacan al cuerpo colegiado, inclusive personalmente a algunos de sus miembros, amparados en creencias religiosas o en particulares parámetros morales.

Más allá de las razones jurídicas, religiosas, éticas o políticas que ha esgrimido en esta discusión cada una de las partes al amparo de la libertad de expresión, lo que al parecer muchos se han olvidado es el respeto y los múltiples conceptos que lo deben acompañar para que éste resulte legítimo y sincero, como por ejemplo la tolerancia, la igualdad o la libertad. Sin ese respeto absoluto, el ejercicio pleno de los derecho de los demás resulta estéril.

Los prejuicios religiosos y morales que han ocupado estos días la discusión, además de apartarse por completo de los postulados esenciales de la fe cristiana, ha desembocado en agresiones, intolerancia y discriminación de un grupo de personas que ha sufrido este tipo de vejámenes desde tiempos inmemoriales.

Y aquí es donde aparecen las mayores contradicciones de los que dicen pertenecer al cristianismo, una fe mayoritaria que se resume en el amor por el prójimo, la humildad, la caridad y la compasión, virtudes muy distantes de una parte de los que hoy señalan, acusan, segregan y agreden a los homosexuales por reclamar un derecho legítimo que les corresponde como seres humanos.

Otro de los temas que sigue causando confusión en la sociedad es el laicismo, que se encuentra vigente en nuestro país desde hace más de un siglo y que determina que el Estado sea independiente de cualquier credo u organización religiosa, y por tanto, ni su estructura, ni sus normas, ni sus políticas se sometan a las confesiones de ninguna religión.

En los estados laicos y democráticos, las creencias y la fe de cada persona se respetan, no se las impone a través de los votos aunque alguna de ellas resulte mayoritaria. Las mayorías no tienen derecho para decidir si se aplican o no los derechos de minorías. Ningún derecho humano es susceptible de ser consultado, pero aún restringido o vulnerado.

Igual que sucedió en el pasado con la aprobación del matrimonio civil, con la liberación de los esclavos o con el reconocimiento de la igualdad de la mujer, muy pronto los homosexuales gozarán plenamente de todos sus derechos, y será la actual la última generación que los habrá combatido, pues para los hijos de nuestros hijos, la abominable historia de esta sociedad dominada por supremacías y fanatismos religiosos será solo eso, historia.