Marco Arauz

El chuchaqui petrolero

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Aquí estamos, en medio de un verano con más rayos UV que de costumbre, tratando de pasar, sin aspirinas, el gran cuchaqui petrolero. La verdad es que unos fueron los que se dieron el festín y otros los que pagamos la cuenta, pero hay algunas responsabilidades compartidas, sobre todo en cuanto a lo que viene.

El silencio de una década ha sido reemplazado por una gran algarabía, sobre todo respecto del pasado. El humor ha resurgido y la creatividad quizás está volcada, en muchos casos, a expiar la comodidad resultante de vivir en una fantasía de prosperidad a costa de gastarse los ahorros y de endeudarse.

Desde luego, hay que seguir hurgando en el pasado y no olvidar. La justicia se abre paso lentamente en medio de una maraña bien montada para la apropiación de una tajada del mayor gasto jamás realizado en ninguna década de la historia ecuatoriana. Este trabajo puede durar meses y años, más todavía si no se concreta la ayuda internacional.

Si hubo cientos de obras monumentales mal hechas, sobrepagadas e incluso inservibles y sobredimensionadas, no basta con saber quiénes fueron los responsables políticos. La justicia tiene la difícil tarea de develar quiénes están detrás de los funcionarios menores que pusieron su firma, la mayoría de veces no ingenuamente. Y queda por saberse lo peor: si la trama le costó la vida a alguien.

Pero el futuro depende de la fórmula bipolar y tardía correísmo-anticorreísmo. Sería volver a caer en la pereza mental que hizo posible apuntalar el sainete de cambio. Una verdadera revolución no se basa ni en caudillos ni en ideas prestadas ni en una supuesta bonanza. Si no basta la historia, hay ejemplos vivientes en Nicaragua y Venezuela.

La participación ciudadana debe volver a ser tal. El Gobierno destapó la olla de presión, y se nota en las calles, pero hay que volver al menos a los niveles de la pre-‘revolución’. Pese a que ahora hay una transición institucional difícil y no exenta de errores, finalmente se debe desmontar un Cpccs que usurpó un derecho ciudadano con fines políticos.

También hay que vigilar que el Gobierno haga la reingeniería del sector público, que se rentabilicen los bienes improductivos y que haya transparencia en el gasto, aunque ese objetivo será más fácil con las arcas vacías.

Pero también es hora de que quienes no los necesitamos, dejemos de beneficiarnos de los subsidios a los combustibles; quizás eso también ayude a ahorrar recursos y no seguir a ciegas el supuesto progreso en cuatro ruedas. Y se tiene que revisar la explotación que afecte recursos vitales como el agua.

Y debemos elegir a autoridades que puedan lidiar con problemas tan cotidianos como el del contaminante y abusivo transporte público o el del manejo de la basura. Es decir, debemos recuperar nuestra responsabilidad ciudadana para no repagar el fiestón ajeno.