Columnista Invitado

Trenes en el cielo

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Lunes 30 de octubre 2017

Guido Calderón

El gobierno pasado reconstruyó la ferrovía Quito-Riobamba-Guayaquil a un costo de USD 400 millones para una élite estudiantil y turística.

Se impidió el acceso a esta vía férrea al resto del país. Especialmente a operaciones turísticas privadas que debían diversificar la oferta, más allá de los productos estatales de alto condumio político, que al trasluz de la imagen de Eloy Alfaro difuminaban la del presidente de turno, endosándole los méritos del viejo luchador.

Esas ferrovías debían –y deben- ser operadas intensivamente, por empresas públicas, privadas, asociaciones de ex empleados, indígenas y campesinos; para ofertar turismo local con identidad, traslado de pasajeros, de carga; en diferentes tipos de trenes, autoferros, locomotoras y horarios que optimicen los cruces, para devolver la vida y prosperidad ferroviaria a las poblaciones y campesinos vecinos de esta millonaria inversión, hoy prisionera de la petulancia ideológica.

Nunca existió la “rentabilidad social” y se dieron “deficiencias en el diseño y operación de la estructura de control interno”, según lo señala el Informe de Contraloría DASE-0052-2016.

Cuando niño, el tren paraba en Huigra, esperando que suba el ferrocarril que venía de Durán; ambas moles estacionadas enloquecían el intercambio comercial. La gente campesina subía y bajaba sacos de trigo, cebada, lenteja; aves, borregos, cerdos; racimos de verde, cacao, cajas de pescado. Las vendedoras saturaban los vagones de segunda clase con olores y sabores; mientras los de “primera” veían de lado pero salivando: el seco de gallina en hoja de achira y la carne en palito.

Cajabamba, Guamote, Alausí, Huigra, Bucay, El Triunfo, Milagro, eran paradas forzadas adobadas de aromas, llenas de enérgica compraventa entre el altiplano y la media montaña, con la extensa llanura costera.
Florecían diariamente las pequeñas transacciones, vitales para el bienestar de miles de familias que veían en el tren la certeza de días mejores y que en la actualidad, deberían tener acceso a trenes públicos, privados y cooperativos.

En los últimos años el tren de las novelas y pinturas, dejó de ser de Alfaro, solo es importante en estas ciudades para quienes arriendan dentro de las estaciones, donde se ofrecen capuchinos. En la de Cajabamba, las indígenas de atuendos típicos, venden chitos y Coca Cola. Se evaporó el trueque de productos locales.

Al transitar montañas y planicies, las manos de niños campesinos dan afligidos adioses a contados turistas. A pesar de que pagan mucho dinero, Trenes del Ecuador –según la misma Contraloría- perdió más de USD 46 millones solo entre el 2013 y 2014. Los campesinos adultos, ni siquiera miran, nunca subirán al tren que disfrutaron sus abuelos, que la esporádica y bulliciosa locomotora pase por la línea férrea es igual que si desfilase por el cielo: un imposible que les fue arrebatado a ellos… y a nosotros.