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Martes 09 de julio 2019

Y lo escribió Albert Camus: ‘Uno puede avergonzarse de ser el único en ser feliz’. Con la certeza de que la felicidad no existe, siento que tengo vergüenza de vivir sola días claros y gozosos y otros, oscuros. Saberlo explique, quizás, el sentido de alguno de nuestros artículos…

Un clásico es un autor cuya lectura nos enriquece siempre y, por tanto, nos es necesaria. Necesaria, no en el sentido de lo actualmente indispensable o que creemos tal, sino en el más profundo, de aquello que ‘no puede no ser’ que no puede no vivirse sin grave pérdida en nuestra existencia personal y social.

Así como al leer a un clásico nos hacemos preguntas sustanciales, encontramos en sus textos el retrato de nuestra condición, nos movemos hacia nuevas aceptaciones o creencias y abandonamos otras…, no leer sus obras consagradas por el tiempo que, si merecieron permanecer existen para pertenecernos, es renunciar a una de las más profundas y hermosas e interrogadoras posibilidades de vivir de forma netamente humana. Somos lo que leemos, y como lo leemos; y si somos lo que aprendimos y amamos, la ignorancia de los mejores textos escritos a lo largo de los siglos, de los que se escriben aún, y aún nos reclaman, disminuye nuestra humanidad. Reducido el milagro de ser, ¿a qué acudir para reconstruirnos? Los clásicos nos ayudan a concienciarnos del valor de existir aun entre penas, desasosiegos, ruinas. Los llevamos con nosotros en la emoción, el conocimiento, las sugerencias y aspiraciones aprehendidos en ellos, a manera de una fortuna que no nos abandonará ni en el olvido. Ya lo dijo Antonio Machado: ‘Solo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás…’; en la emoción enriquecida de lo vivido, lo leído, lo soñado radican la permanencia y el vigor de nuestra personalidad.

El nieto pequeñito, que cumplió cuatro años hace, hoy, cuatro días, canta a voz en grito el himno de Colombia que le enseñó su niñera; es fascinante la forma en que se deja seducir por las palabras: aun sin entenderlas, las pronuncia con claridad, como tomando conciencia de cada sílaba, gozando con cada una. ‘Gloria inmarcesible’ le subyuga: lo repite con respeto; calla antes del fin de la 1ª. estrofa, y nos advierte: ‘cuidado, esto es triste’, y sigue: ‘Comprende las palabras del que murió en la cruz’… ¡Cómo no sentir que aunque no tenga idea de su significado, este le va llegando entre intuición y desciframiento? Buscamos el libro inmenso que contiene las palabras, se lo mostré, le dije que se llamaba diccionario, y busqué ‘inmarcesible’ porque nadie en casa sabía su significado. Quiere decir, ‘lo que no se marchita’, leí, y sé que él y yo sentimos que queda muy bien junto a gloria, aunque nunca acabemos de entender lo que gloria significa…

Pienso en su futuro. No puedo imaginarlo sin los clásicos. Ya no seré yo quien le aconseje leer a Camus, a García Márquez, a Borges.

¿Serán sus profesores, su colegio, tal como andan en el Ecuador y andarán, ¡qué pena!, mañana?, ¿será la red?