Salvar a Venezuela

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Domingo 15 de abril 2018

E. Ter Horst, H. Palma
Project Syndicate

El 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez fue elegido presidente de Venezuela. Las consecuencias de esa votación – según muchos la última elección libre y transparente de la era chavista – llevaron a la tragedia que hoy asola a ese país.

Tras obtener la presidencia, Chávez se apresuró a someter la soberanía de Venezuela a los intereses de Cuba. Todos los intentos por contener y revertir la brutalidad del régimen hallaron por respuesta la represión, el encarcelamiento, el hambre y el exilio forzado. Abarcando desde la justicia hasta el órgano electoral, el régimen se hizo del control total e intransigente del Estado, hecho al que los vecinos de Venezuela en América Latina no opusieron resistencia.

Aprovechando el alza de precios del petróleo, el régimen, además de dilapidar, se robó gran parte de esos ingresos extraordinarios. Cuando acabó la bonanza, la presidencia estaba en manos del sucesor designado a dedo por Chávez, Nicolás Maduro. Menos astuto que su mentor, se aferró al poder convirtiéndose en un dictador y sometiendo el país a su voluntad y la de la nomenclatura gobernante. El régimen de Maduro arruinó la economía, destruyó la industria petrolera y empobreció a todos, menos a él mismo y sus cómplices.

El cinismo del régimen venezolano no tiene límites. ¿El alcalde electo de Caracas no es un bolivariano? Pues se crea un cargo por encima de aquel y se designa a un oficialista incondicional. ¿La oposición obtiene dos tercios de la Asamblea Nacional? Pues el consejo electoral “elige” una “asamblea constituyente” de “patriotas”, mientras se desvirtúa a la oposición fracturando a su dirigencia y creando un falso grupo opositor.

¿Los ciudadanos demandan referendo para revocar al presidente? Pues se los ignora. ¿Se quejan de la pobreza, el crimen, la enfermedad, la violencia y la falta de oportunidades económicas? Pues se culpa a EE.UU. por librar una “guerra económica”. ¿Protestan en las calles? Pues se los reprime a tiros. Sobre todo, jamás se admite que hay una grave crisis y se rechaza la ayuda humanitaria que se necesita con urgencia.

Mientras los venezolanos escarban la basura en busca de comida, el régimen incumple sus obligaciones internacionales y amenaza a sus vecinos, socavándoles también sus instituciones y procesos democráticos. Y obviamente, pese a la creciente y cada vez más documentada brutalidad del régimen de Maduro, ni un solo político, soldado, policía, miliciano o “vigilante” paramilitar ha sido acusado, enjuiciado o condenado por crimen alguno.

El dictador que ordena disparar contra su propio pueblo se aferra desesperadamente al poder porque sabe que su derrocamiento implica la muerte o el exilio permanente en Cuba o Rusia. Unos 550 000 venezolanos han huido a la vecina Colombia. Cientos de miles huyen a Argentina, Chile, Brasil, Perú y otros países, lo que genera graves desafíos humanitarios. Ninguno se fue a Cuba, y muy pocos a Bolivia o Nicaragua.