Rodrigo Borja

La paz

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Domingo 29 de octubre 2017

La paz es el propósito declarado de todas las culturas, religiones, convicciones filosóficas e ideologías políticas. Sin embargo, por todas partes se encuentra conculcada o amenazada. ¿Cómo se explica esta contradicción?

La historia de la humanidad se ha forjado en buena parte por obra de acciones bélicas. Ya hace 2 500 años Herodoto definió la paz como la época en que los hijos entierran a los padres y la guerra como aquella en que los padres entierran a los hijos. Y 25 siglos más tarde Pandit Nehru, en su libro autobiográfico, afirmó que, “históricamente, la paz sólo ha sido una tregua entre dos guerras”.

Y es que la historia del hombre es una historia de violencia constante, desde la violencia lúdica que se expresa en las competencias deportivas -que en el fondo tiene también inconscientes motivaciones agresivas- hasta la violencia necrófila de ciertos psicópatas que han alcanzado posiciones de dominación política, militar o religiosa.

A la primera guerra mundial siguió la “paz armada” que no fue una verdadera paz. Y después de la segunda conflagración mundial, que irrogó a la humanidad entre 40 y 50 millones de muertos, vino la “guerra fría” que, con el amago de una conflagración atómica, trajo 44 años de sobresaltos y angustias.

Lo cierto es que los mandos políticos, militares y religiosos no han sido capaces de responder al anhelo humano de vivir en paz.

La paz es el recurso económico más importante con que puede contar un pueblo. Ella no es solamente el silencio de los cañones sino también la justicia económica, la equidad, el bienestar social, en suma: el respeto al derecho ajeno, como decía Benito Juárez en la más lúcida definición de la paz. Sin embargo, en vez de ella encontramos la violencia institucionalizada por leyes y sistemas inicuos -violencia de arriba- con su secuela de pobreza y opresión; y la violencia contestataria -violencia de abajo- que combate la violencia con más violencia. Es decir, violencia de las formas de organización social imperantes y violencia como respuesta de quienes sufren injusticia: violencia reactiva, que llamó el psicoanalista Erich Fromm.

Esto es desconcertante. La necesidad de enemigos parece ser una demanda psicológica del hombre. No puede vivir sin enemigos. Los hombres y los Estados buscan superar los fracasos íntimos y las contradicciones internas por el arbitrio de crear enemigos externos. Con la desaparición del enemigo tradicional queda un espacio vacío en la vida individual y social que es preciso llenar. Hay que forjar, por tanto, nuevos enemigos y estrategias nuevas de lucha. Vemos gigantes donde sólo hay molinos de viento, al estilo del Quijote. La vieja táctica de desviar la atención popular por el artificio de generar conflictos externos está siempre vigente. Y la vida de los pueblos no tiene remanso.