José Ayala Lasso

La paciencia tiene un límite

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Sábado 01 de diciembre 2018

El país no aguanta más. Su ancestral paciencia ha sido puesta a prueba una y mil veces. En silencio, tolerante pero exasperado, ha venido esperando que se cumplan las ofertas, promesas y luchas anunciadas. Ha premiado las sonrisas y los diálogos, pero sus voces no han llegado hasta las alturas. Se han quedado en el camino, distorsionadas por serviciales palaciegos o por los sinuosos, zigzagueantes políticos acomodados en el escenario del drama nacional.

Mientras tanto, la pus sigue saltando, fétida, por todos los puntos contaminados por el anterior gobierno. Construcciones faraónicas de papel, ruinosas antes de inauguradas; centrales de energía que han producido rajaduras más que electricidad; refinadoras de petróleo que han enriquecido a refinados burócratas y petroleados empresarios; propinas negociadas como cuotas de admisión al paraíso del partido político cuyo carnet abría la caja fuerte de los dineros del pueblo; silencio de consciencias culpables que buscan proteger la propia piel confundiéndose con las masas de una Fuenteovejuna forjada a golpe de dólares fáciles. Ojos que se cierran ante la ilegalidad ajena para no ver la propia.

“Lo más grave de nuestro problema -se lamentaba el ministro de un país hermano- es que los jueces corruptos, vendedores de sentencias, van a ser juzgados por otros jueces corruptos”.

En el Ecuador, nos deshonran un ex presidente prófugo, un vicepresidente encarcelado, contralores, fiscales y ministros gastando, en el norte desarrollado, sus fortunas mal habidas, las fáciles fugas de indiciados y presuntos culpables.

El atronador ruido de indignación que trajeron consigo las tropelías de Odebrecht ha disminuido hasta lo inaudible. Nuevos ruidos lo han apagado: Coca Codo Sinclair y sus rajaduras, el asesinato del general Gabela, la desaparición del “tercer producto”, la gestión “humanitaria” para cambiar el testimonio acusador contra Correa en el caso Balda. ¡Y, ahora, los “diezmos” que comprometen a la Vicepresidenta, cuya única defensa ha consistido en descalificar a quien le acusa -otrora escogido por ella misma para que sea su colaborador- atribuyéndole, tardíamente, amenazas y chantajes!

Es necesario encender la luz, enseñar los andrajos con los que vistieron a la Patria por más de diez años, dejar al desnudo las patrañas políticas usadas para silenciar al pueblo. Hay que sacar, con implacable látigo, a los mercaderes que aún habitan en el Templo. Corresponde al Gobierno encender el relámpago que ilumine a toda la nación, con acciones y no con palabras, para que la espada de la justicia caiga inmisericorde sobre las cabezas de los culpables.

¡Estremece pensar que, al proceder así, podrían quedar acéfalos el Estado y sus funciones, pero no hay otra solución. La cirugía mayor no puede seguir esperando!