Humboldt en cruz

Tengo un amigo escalador que ha entablado con el Chimborazo una relación de amistad honda, fecunda y espiritual. En estas Navidades, su hija Balbanera ha tenido la brillante idea de regalarme un libro precioso que leo y releo al anochecer, antes de que el sueño me introduzca en los brazos de Morfeo. Es un libro muy hermoso: “La invención de la naturaleza (el nuevo mundo de Alexander Von Humboldt)”, de Andrea Wulf. Leyendo el libro se rastrea no sólo la biografía de una persona excepcional, sino también el profundo amor a la naturaleza vista y escuchada con los ojos y los oídos de un visionario.

Puede que a Marco Cruz, en su humildad de hombre bueno, le choque lo que voy a decir, pero así lo siento: entrometiéndome en la figura de Humboldt sentí que a quien calaba era a Marco. Del primero leí lo que al segundo escuché más de una vez: “que la naturaleza había que experimentarla a través de los sentimientos. Sólo entonces, al tocar la tierra, se puede tocar el cielo.

Me maravilla la fortaleza de Marco, su tenacidad, su curiosidad y su memoria, la capacidad de recogerse, orante y soñador, a la luz de las estrellas, consciente de que, tras ellas, está la mano de Aquel que las crea y recrea. Con frecuencia he dado gracias a Dios por estar tan cerca de mi amigo y poder gozar de su sabiduría. Quizá por eso él es capaz de conocer lo que mantiene unido al universo y de aunar en un solo sentimiento naturaleza y fe, esfuerzo e imaginación.

¿Podrá llenarse algún día el cuenco del saber a base de observación, estudio y experimentos? Creo que no. Algo más se necesita para escalar la cima de la sabiduría. Algo que el libro transmite cuando se detiene en la relación entre Humboldt y Goethe. Algo que mi amigo expresa cuando narra emocionado qué significa para él tocar las cimas del mundo. Me refiero a que no es suficiente la investigación puramente empírica. Más bien se precisa dar una respuesta emocional, personal y subjetiva, no del que sólo ve, sino del que contempla.

En estos tiempos, regalar por Navidad un buen libro es una iniciativa estupenda, pero tener un amigo que con las yemas de los dedos puede tocar el cielo es infinitamente mejor. Mi amigo representa el lado bueno y luminoso de la condición humana, tierna y soñadora, enamorada del bien y de la belleza, capaz de sacrificarse por lo que ama.

Leyendo sobre Humboldt y recordando a Marco, siento que me embarga una sensación de unidad y de integridad que deseo para todos, especialmente para aquellos con los que comparto el camino de la vida. Todos los sabios recuerdan las mismas cosas. Al final de este artículo atrapo al vuelo las palabras emocionadas de Theilard de Chardin cuando también él habla de una sola vida derramada sobre las piedras, las plantas, los animales y los seres humanos. Por ahí avanza, como un misterio, el nuevo mundo de los sabios, el pálpito de los buenos.

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