Marco Antonio Rodríguez

Euler, a la hora de la hora

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Martes 06 de marzo 2018

No existe el hecho de morir. La muerte es para los demás. Dádiva atroz otorgada a quienes seguimos en la tierra. “No se muere para sí mismo”, acierta Raymundo Mier; así es, la muerte pertenece a los otros. Ante ese legado impensado y súbito que nos concede la muerte del otro, no se posee sino una ínfima respuesta: las palabras calladas, sin destino. Y es únicamente en la muerte del otro donde encarna y figura nuestra propia muerte. Desde ese áspero desamparo te escribo, Euler, asiéndome a la esperanza que sobre tu ausencia se yergue la exigencia de hacer imposible el olvido: seguir configurando tu presencia y tu nombre. Fue en mi adolescencia cuando te conocí, sembrándose en nosotros una amistad irrevocable. De bracete fuimos por la vida, Euler, durante un tiempo desaforado.

Siempre te hallé perspicaz, radiante, entregado a los otros. Algo subyacente, definitivo, nos hermanaba. Empezaba mi oficio de lector y el nihilismo que siempre profesaste se unimismó al mío en ciernes, y compartimos nuestra pasión por los libros, la música, el arte y una bohemia empedernida para vivir al filo del abismo como lo mandaba el viejo Nietzsche. Por eso conocí los ocultos meandros de tu espléndido ser. Detrás de esa faz que rezumaba alegría, palpitaban desasosiegos, soledumbres, vacíos y una iracundia bárbara en contra de todo poder, expresado en esa oración blasfema -incandescente y única- que es tu poesía y en tu insobornable solidaridad con los pobres. Jamás aceptaste ofertas burocráticas o particulares que hubieran resuelto tu escasa economía. Imposible dejar a los centenares de miserables a quienes atendías en tu consulta del barrio Pobre Diablo.

Cuando anuncien homenajes por tu muerte, Euler, te reirás a carcajadas de esos figurines burdos y acartonados, solemnes y torpones, diluyéndose en discursos melifluos y porosos. Porque la poesía Euler -la tuya, grande y heridora- es, para decirlo con Aldo Pellegrini, “todo aquello que cierra la puerta a los imbéciles, pero que se abre de par en par para los inocentes”. “Ellos/mis queridísimos amigos,/mis nunca bien amados familiares,/mis afectuosos prójimos/y al frente yo/y en la mitad/bebiendo cera el muerto./ (…)/ Ellos,/ el muerto/ y yo/ como un agua podrida/en los párpados neutros de la noche”, escribiste cuando murió tu padre. Del basural humano, de tugurios, cantinas y tenderetes, pero también de palacios de gobierno y residencias opulentas, extrajiste las palabras exactas: “Trepen las empinadas cuestas de San Juan:/ suden;/ para no resbalar a los abismos/ incrusten las uñas en las cuestas;/ deslómense,/ desnúquense;/ hasta que se resequen suden,/ que así/ ni aunque se expriman/ ha de brotarles lágrimas”. Asumí la noticia de tu muerte como tú lo hubieras querido... Maurice Blanchot lo dijo: “Guardar silencio es lo que, sin saberlo, queremos todos al escribir”.