Guerra nuclear

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Lunes 27 de noviembre 2017

Luis Gallegos

Cuando alguien visita la Zona Desmilitarizada entre la República de Corea (Sur) y la República Popular Democrática de Corea (Norte) fácilmente recuerda la Cortina de Hierro que separó a Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín.

Para quienes tuvimos la posibilidad de vivir tras esa línea que dividía a los países miembros del Pacto de Varsovia, liderado por la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (ex URSS) y la Organización del Tratado de Atlántico Norte (OTAN), dirigida por los Estados Unidos de América, no podemos olvidar un mundo en que era posible una confrontación nuclear. Fue vivir con la posibilidad de la destrucción masiva.

Esa línea que separaba los países de Europa era un “Muro” ideológico que también separó dos sistemas políticos y económicos que demandaron grandes sacrificios a sus pueblos. Quizás Alemania fue un ejemplo paralelo a lo que ocurre en Corea. Habiendo perdido la Guerra, la dividieron entre las potencias aliadas victoriosas, que a su vez se confrontaron geopolíticamente casi de inmediato. Cuando terminó la llamada “Confrontación Bipolar” advino una época de esperanza de paz al dejar atrás las estrategias denominadas “Destrucción Mutua Asegurada” o “Suma Cero”, porque lo que sí era inevitable era que si había una guerra nuclear desaparecía la humanidad. Hay que recordar también que Alemania se unificó y que aquello podría ocurrir en la historia de las Coreas.

El liderazgo de Corea del Norte considera que está en peligro por la amenaza de Corea del Sur y sus aliados, especialmente los Estados Unidos de América, y busca las seguridades para la supervivencia de su régimen. No desea que le pase lo de Libia, que entregó sus armas nucleares y hoy es un Estado fallido.

Esta es una crisis regional y multilateral con visos a convertirse en mundial si Corea del Norte perfecciona los cohetes con carga nuclear que puedan alcanzar a los Estados Unidos.
En este momento ya pueden afectar a la región y no sólo preocupan a Japón cuyo pueblo realiza permanentes simulacros, sino que atenta contra la seguridad de Rusia y China, por ello, las resoluciones sin veto en el Consejo de Seguridad. A todos conviene una península coreana sin armas nucleares.

No hay solución militar a este problema y las sanciones únicamente agravan las penurias de un pueblo cuyo régimen destina ingentes ingresos al armamentismo y al poder militar bajo el argumento de su supervivencia y soberanía.

Hay que pedir mesura en las expresiones del liderazgo de todos los actores, ya que exasperar los ánimos lleva a la posibilidad de conflictos cuyas consecuencias serán irreparables. Sólo el diálogo diplomático con voluntad política, alejado de las amenazas belicistas, podrá superar el problema. La comunidad internacional debe garantizar la seguridad de todos los Estados y buscar eliminar esta grave amenaza a la paz mundial.