Jorge H. Zalles

Instituciones

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Miércoles 02 de octubre 2019

De un lado y otro del Atlántico, en Washington y en Londres, se dieron hace unos días importantes reacciones a los desafíos demagógicos a las cuales están sometidas las instituciones por el presidente Donald Trump y el Primer Ministro Boris Johnson. Ante nuevas evidencias de irrespeto por la constitución y las leyes, la Presidente de la Cámara de Representantes anunció una investigación formal que pudiera conducir al juicio político de Trump y a su eventual destitución por el Senado. Y ante una acción presentada por varios miembros de la Cámara de los Comunes, la Corte Suprema del Reino Unido decidió, por voto unánime de sus 11 conjueces, que la suspensión de actividades del Parlamento solicitada por Johnson a la Reina Isabel había sido ilegal.

Antes de profundizar en la defensa de las instituciones, cabe reflexionar sobre lo que éstas son. Primero, como es obvio, son entidades cuyos funcionarios han asumido, si son instituciones privadas, o a cuyos funcionarios han sido encomendadas, si son públicas, actividades orientadas al ordenado funcionamiento de una sociedad. Con frecuencia adquieren instalaciones que las simbolizan. Desarrollan procedimientos, imagen pública, y pueden llegar a adquirir prestigio.

Pero más que esas manifestaciones visibles y hasta tangibles de su existencia, las instituciones de una sociedad son expresiones de las ideas, los ideales y las concepciones de ética social bajo la cual esa sociedad se rige. Defenderlas, en consecuencia, no es defender a los funcionarios de esta o aquella institución, o a un determinado grupo de interés, a un partido o a una facción social: defender las instituciones es defender la viabilidad misma de la sociedad, basada en su capacidad para procesar las diferencias entre las concepciones y aspiraciones de sus miembros de manera menos primitiva que simplemente ver quién es más fuerte o más artero.

Hobbes nos había dejado la horrenda idea de que solo un Estado todopoderoso, el famoso Leviatán, puede evitar que nos destrocemos mutuamente en una guerra sinfín. Pero el liberalismo nos abrió el camino al desarrollo de un conjunto cada vez más amplio de instituciones -tanto ideas, ideales y concepciones éticas como las entidades que veamos necesarias- que nos permitan negociar nuestras diferencias y, si no podemos llegar a acuerdos, pedir que las diriman, en primera instancia las instituciones políticas y, en última instancia, las judiciales.

Cuando los Trump, los Johnson y tantos otros subvierten a las instituciones de la democracia liberal, nos retroceden a todos hacia esa penumbra de la cual luego argumentan que solo ellos mismos pueden salvarnos.

Cuando desde el interior de las propias instituciones surgen respuestas claras y valientes, debemos estar profundamente agradecidos.