Luis Gallegos Chiriboga

Gato blanco o negro

Quienes vivimos la confrontación de las alianzas del Pacto de Varsovia, entre la Unión Soviética y la OTAN, liderada por los Estados Unidos, aprendimos que no está en el interés nacional del Ecuador estar en la línea de fuego entre las potencias.

La confrontación entre las utopías del capitalismo y el comunismo terminó, en buena parte, con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la Unión Soviética, la democratización de Europa del Este y el advenimiento de un mundo más multipolar con otros actores relevantes. Para los que estuvimos tras la ‘Cortina de Hierro’ nos resulta redundante escuchar sobre las ventajas del uno u otro sistema, ya que los dos chocan en sus fundamentos esenciales, pero comparten muchos intereses y posiciones. No hay que equivocarse, las potencias rivales tienen intereses que les hacen superar sus diferencias.

Inmersos esas potencias en las rivalidades de la confrontación bipolar, que duró décadas, el mundo prestó poca atención al proceso que ocurrió en la República Popular China, en donde la Revolución Cultural se decantó en un cambio radical en la ideología. Asumió el liderazgo Deng Xiaoping, quien es considerado el ‘Arquitecto de la China Moderna’ y cuyas reformas económicas y políticas han hecho que ese país sea lo que es en cuatro décadas.

Deng explicó el cambio del radicalismo ideológico comunista con el siguiente aforismo: “No importa si el gato es blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”. El objetivo de Deng era sacar de la pobreza a la China y convertirla en una potencia, para lo cual requería dejar de lado las barreras mentales, políticas y económicas.

Las fuerzas liberadas por ese cambio convirtieron a un país de arados tirados por búfalos, en un imán de inversiones transnacionales, en la fábrica del mundo y proyectaron a su población a niveles de bienestar, educación y ciencia sin parangón. La China es hoy una nación muy distinta porque permitió el cambio que requería su pueblo.

Es necesario pensar que nuestros pueblos saben lo que necesitan, pero sus dirigentes muchas veces miran la realidad actual desde el retrovisor de una historia superada por otros y no desde una visión de cambios que permitan el bienestar de sus poblaciones.

Nada más patético que ver como los dirigentes se aferran a discusiones bizantinas para justificar el inmovilismo. Necesitamos modernizarnos, traer nuevas modalidades de gobierno, más democracia, más eficiencia, sin corrupción y taras ideológicas que lo único que han producido son hambre y miseria de la gran mayoría.

Hoy que la China y los Estados Unidos están en competencia, debemos velar por sobre todas las cosas por nuestros intereses nacionales. Mientras coincidan con los intereses de uno u otro, o los dos, deberá siempre verse desde el prisma de la Realpolitik, es decir, de lo que conviene a nuestro pueblo.

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