Óscar Vela Descalzo

Los santos inocentes

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Domingo 08 de noviembre 2020

Hay personajes que para un lector resultan inolvidables. En mi caso dos de ellos pertenecen a la novela ‘Los santos inocentes’, una de las notables obras narrativas de Miguel Delibes, que este año precisamente está cumpliendo el centenario de su nacimiento (17 de octubre 1920 - 12 de marzo 2010).

Azarías y Paco el Bajo, los principales protagonistas de la novela, quedaron grabados en mi memoria desde aquella lejana lectura de 1998 en la que, temblando, profundamente impactado, los veía deambular a ambos por el cortijo del señorito Iván como si se tratara de dos animalitos más de aquel paraje castellano (de hecho para él eran dos de sus animales más preciados): Azarías, acechando desde las copas de los árboles como una milana (un búho que servía para atraer la cacería); y Paco el Bajo, un verdadero sabueso que, según las circunstancias, remontaba los pastizales y terreríos husmeándolo todo con su olfato finísimo de cazador y cobrador de piezas menores.

Dice Delibes de Azarías: “Si las piezas abundaban, el Azarías reservaba una para la milana, de forma que el búho, cada vez que le veía aparecer, le envolvía en su redonda mirada amarilla, y castañeteaba con el pico, como si retozara, todo por espontáneo afecto, que a los demás, el señorito incluido, les bufaba como un gato y les sacaba las uñas...”.

Recuerdo aún con impresión dos imágenes brutales de esa novela, la de Azarías, hombre cerril más cercano a las aves a través de las que veía el mundo, contemplando con una tristeza infinita y con toda la rabia animal contenida en su cuerpo maltrecho, el abatimiento de su milana en un momento de ira del señorito; y, Paco el Bajo, en su labor de sabueso al servicio del amo, siguiendo el rastro de cada una de las perdices o codornices que caían tras los fogonazos del arma, pero, con la precisión del mejor cobrador, las ubicaba en el lugar de derribo y las disputaba incluso a dentelladas con los perros (esos sí verdaderos canes) de los demás cazadores que acompañaban a su amo.

Luego de aquella lectura y de las imágenes inolvidables (y desoladoras a la vez) de Azarías y Paco el Bajo, dos seres tan inocentes como salvajes, alguien me recomendó que viera la película que se hizo en 1984, bajo el mismo título, con la dirección de Mario Camus, protagonizada por Francisco Rabal y Alfredo Landa. Sin embargo, nunca la vi, pues para mí los dos personajes tenían ya su rostro y su figura, y no quise contaminarme por la visión personal del director y por la imagen de los dos actores que los habían interpretado.

Unos años después, temeroso, sobrecogido, recorrí la señorial e inquisidora Valladolid durante el siglo XVI de la mano de Cipriano Salcedo, protagonista de ‘El Hereje’, la última novela de Delibes, una obra maestra sobre la intolerancia y las pasiones humanas, pero incluso cuando estaba sumergido en ella, no podía (ni he podido nunca) olvidar a Azarías y a Paco el Bajo, la milana y el sabueso de tantas cacerías en aquel cortijo.