La palabra

Característica esencial de la naturaleza humana es la capacidad del hombre para darse a entender a través de la “palabra”. De hecho, somos los únicos animales que transmitimos nuestros pensamientos en forma de dicción. Esto lleva a adentrarnos en lo que envuelve la palabra como exteriorización tanto de la “idea” como del propósito en expresarla. Se afirma que el lenguaje es el espacio en que se mueve la vida mental de la persona.

La palabra es una imagen auditiva compuesta de dos circunstancias descriptivas: para quien la expresa, y hacia quien la recoge. En cuanto al expositor, es la formalización de su intento de llegar al oyente con un mensaje. Respecto del escucha, está dada por la efectividad de la locución, so pena de ser inútil. G. Frege, alemán padre de la filosofía analítica, alega que lo importante son los pensamientos que expresamos en las frases, no las palabras mediante las que los formulamos. Para el “saber”, el verdadero valor de una oración no es lo semántico – en términos gramaticales – pero el argumento que la oración entraña; es decir, lo “a buscar” no es necesariamente la teoría del significado sino la hipótesis del contenido.

En consecuencia, analizarla es un penetrar en lo íntimo del individuo. Martin Heidegger, filósofo alemán contemporáneo (1889-1976) se refiere a la palabra como una reflexión que exige adentrarse para establecer la morada del hombre en el lenguaje, es decir profundizar en el “hablar del lenguaje”, mas no en el nuestro, siendo que solo así estamos en capacidad de confiar en la esencia de la palabra. El momento que enfrentamos tal reto podremos comprobar la solvencia intelectual y académica del disertante, pero más importante que ello, su dignidad ética.

Centrémonos en el expositor. El ser humano, en general, es proclive a “hablar más de la cuenta”, y a parlotear sin sentido. Tal debilidad es ostentación de vanidad y/o ánimo de publicar sapiencia inexistente, que lo lleva a no limitar su palabra – inteligentemente – a la “ciencia” de su conocimiento… a extenderla hacia aquello que estima calza en su saber, sin percatarse de sus propias limitaciones. Al hacerlo, habla de lo que domina, y lo que está fuera de su erudición lo inventa.

En el escuchar pueden darse dos reacciones. El iletrado asumirá como válida la palabra del charlatán, con lo cual la tosquedad se expande en perjuicio de la sociedad. El daño es grande siendo que la tontería del palabrero puede convertirse en mal social.

El perceptor docto rechaza la verborrea, sea desnudando airadamente la estupidez, o descubriéndola de manera elegante; en ambos casos el gárrulo queda por ridículo, para bien social.

Cerremos el paso a los lenguaraces. Por igual a aquellos que hablan en demasía de lo que no conocen, y a quienes conociendo “algo” se nos quieren presentar como eruditos.