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Domingo 29 de octubre 2017

¿Cuando eras niño, creías que existían los monstruos? ¿Qué habríamos respondido en esa época si nos hacían esta pregunta? Sin dudarlo, muchos habríamos dicho que sí, que existían y que vivían en los armarios, que se refugiaban en la oscuridad, que se ocultaban entre los juguetes, que solo aparecían en los sueños o que dormían debajo de nuestras camas. Otros, probablemente, no habrían contestado o se habrían limitado a repetir cualquiera de las repuestas de sus amigos.

Algunos tal vez nos habríamos alborotado contando sobre las películas donde los veíamos o recordando los libros en los que aparecían y las extrañas formas que tenían. Pero otros, en cambio, habrían bajado la cabeza, mirado para otro lado o se habrían entretenido anudando las hilachas de algún agujero del pantalón para evitar esa respuesta incómoda o tenebrosa que seguramente pasaba por su cabeza. Ahora preguntémonos: ¿habría cambiado algo en nuestra vida si nos hacían a tiempo esta pregunta?

La verdad es que el mundo siempre ha estado lleno de monstruos, algunos fantásticos y a la vez espeluznantes como los de la ficción, y otros reales y terroríficos como los que nos encontramos de vez en cuando en la vida.

Esos monstruos de verdad, que siempre han existido, se internan de forma sutil en el pequeño mundo de los niños que, en un inicio, está hecho de dulces, juegos, colores y besos, un mundo asociado a la voz melodiosa y al calor de mamá, a las locuras y a la seguridad que brinda papá, pero que, repentinamente, mientras ellos crecen, se abre a otras personas, a otros rostros, a otras voces, e incluso a los mismos seres en los que ellos confiaban ciegamente y que, de pronto, adoptan el comportamiento de un monstruo.

Antes que nada los monstruos se ganan su confianza, les hablan con sus voces melifluas, les muestran sonrisas morbosas, utilizan todo tipo de artimañas para conquistar su atención, y cuando ya la han conseguido, atacan. Entonces dejan de ser el profesor, el pariente, el entrenador o el propio padre y se convierten en figuras espectrales que invaden su vida causándoles daños irreversibles. Se transforman en una sombra que los persigue día y noche, que de pronto ocupa todos sus espacios, los de la habitación que deja de ser su refugio, los de sus juegos que ya nunca más les arrancarán las mismas risas, incluso los de su intimidad que a partir de ese momento, sin que ellos comprendan aún por qué, les resultará sucia y vergonzosa.

Estos monstruos, que por desgracia no desaparecen cuando los pequeños despiertan, anidan donde menos lo esperamos, muchas veces tan cerca como el propio hogar, pero sobre todo encuentran refugio en el silencio de los que deberían protegerlos, en la complicidad de los que callan cuando lo descubren, en el desamparo de un sistema judicial ineficiente, y, especialmente, en la ausencia de diálogo con nuestros niños, en la falta de confianza para hacer esas preguntas que, quizás, podrían revelarnos lo que pasa por sus cabecitas.