Fernando Tinajero

¡Dicen que soy ‘microempresario’!

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Jueves 19 de noviembre 2020

Yo creía que el mundo de lo maravilloso se había agotado en “Cien años de soledad”, donde las cosas más familiares y cotidianas dejan ver de repente algo que excede todos los límites de lo natural. Pero estaba equivocado: lo maravilloso está todavía presente en nuestro mundo, pero no para rodearnos de mariposas amarillas ni para levantarnos hasta el cielo mientras ponemos las sábanas a secarse en el sol. No. Lo maravilloso se presenta ahora con la torva apariencia de la burocracia, cuya estrechez mental no tiene competencia.

Sucede, en efecto, que después de haber escrito dos artículos para cierta revista, recibí un atento aviso con el cual se me comunicaba que mi factura debía llevar una leyenda que me identificara como micro empresario. Respondí, naturalmente, que “solo” soy una persona natural; una persona que, a fin de rellenar el tiempo suplementario que le ha dado la vida, tiene la mala costumbre de escribir. Nada: con todas las disculpas propias de una persona bien educada, quien atendía mi “aclaración” tuvo la gentileza de informarme que, según los sabios de una oficina tenebrosa, yo consto en el catastro de micro empresarios.

No entendí. A mí nadie me ha preguntado nada; es público y notorio que mi único pecado ha sido escribir desde hace cincuenta años; y si me presionan un poquito, diré que me siento más cerca de los trabajadores que de los empresarios. Nada. No había nada qué hacer. Para cobrar la modesta suma por mis dos colaboraciones, tuve que poner en mis facturas la leyenda de micro empresario.

Así, cuando estoy pisando ya los 81 años, me he convertido en micro empresario por disposición de una ley que no me atrevo a leer porque no está escrita en ninguno de los idiomas que conozco. ¿No les parece maravilloso? ¡Escritor = micro empresario! ¡Un artículo = un producto o mercancía! ¡Una publicación = una venta! ¿Se ha visto acaso una torpeza mayor en el mundo de Occidente?

Pero Ximena me llama la atención: ella, siempre acuciosa para investigar en la maraña de leyes, reglamentos y más maravillas, me hace notar una equivocación. Lo que yo llamo torpeza no es tal, sino viveza: la viveza de obligarme a pagar al Estado un impuesto del que no podrá librarme ni Santa Marianita. ¿Cuánto tendré que pagar por este mismo artículo? ¡Y ni siquiera podré pedir la devolución alegando que soy de la tercera! Tampoco importará que todos mis artículos lleguen a producirme un “fabuloso” ingreso anual que no llega a cubrir el costo de las medicinas que necesito y que el IESS no me proporciona.

Quizá por tener todo esto en la cabeza, anoche soñé que me echaban encima un fardo enorme. Cuando miré hacia arriba, vi que habían puesto sobre mi espalda nada menos que esa mediagüita que llaman Carondelet. Con ella a cuestas tenía que caminar, solo atinaba a caminar en círculo, dando vueltas y vueltas en el mismo sitio. De adentro salía una voz que decía: “¡estamos avanzando!”