Enrique Echeverría

Lluvias y agricultura

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Lunes 09 de noviembre 2020

San Francisco está en deuda con los agricultores de la Sierra y demás habitantes. A menos que dos granizadas parciales, se tengan por su tradicional “Cordonazo”, continúa en espera la época de lluvias que, antaño, comenzaba –sin falta alguna- en los últimos días de septiembre. Para entonces, los agricultores serranos tenían preparado el terreno y hasta depositada, en los surcos, la semilla.

La naturaleza era puntual. Con las lluvias, aquellas semillas guardadas en el surco fructificaban y comenzaban a aparecer a flor de tierra, todavía endebles. Más lluvias en octubre y noviembre, les ayudaban a crecer; pero la sabia naturaleza advertía que si continuaba entregando agua, las tiernas plantas se ahogarían. Por ello, ofrecía una corta temporada de sol: el “Veranillo de los fieles difuntos”.

A mediados de noviembre, las lluvias retornaban: las plantas ya podían recibirlas y ayudarlas a continuar creciendo. Llovía de manera tenaz en el resto de noviembre y en diciembre, tanto que en las fiestas del 5 –Fundación de Quito- los habitantes bailaban en las calles, mojaditos y felices. El maíz había crecido de tal manera que el campesino -comparando con la persona humana- se ufanaba de que su maíz ya está “en señorita”, es decir que pronto podía dar fruto (el choclo).

A fines de diciembre se producía otra época sin lluvia, coincidiendo con la Navidad: era el “Veranillo del Niño Jesús”

A su retorno en enero, los sembríos crecían sin cesar. En marzo, la naturaleza ya entregaba abundantes frutos, como para preparar la fanesca.

El 21 de junio arribaba el verano, con cielo despejado, abundante sol y viento: el campesino cosechaba su sementera de trigo y cebada, que las acumulaba en parvas.

En agosto había vientos persistentes, que se les aprovechaba para la “trilla”, consistente en depositar, en el suelo, las espigas, formando un círculo donde trotaban dos caballos y con sus pezuñas separaban los granos de las espigas.

Vientos generosos propicios para que los jóvenes construyan cometas que se les echaba a volar impulsadas por el viento; y para que los adultos, luego de recoger la gramínea al final de las trillas, retornen al hogar con el producto de un año de trabajo.

Este pasado no está lejano: permitió que los habitantes consuman productos de siembras sin abonos químicos, cultivados con agua limpia de sus ríos y acequias; que las mujeres pudieran tener el beneficio de vista clara hasta edad avanzada; y todos con defensas naturales en su organismo que, ahora, causan curiosidad y hasta asombro al conocer personas con edad superior a 90 y cercanas a los 100 años, todavía trabajando.

San Francisco: consiga que San Pedro abra las llaves celestiales. Sin agua suficiente, la producción agrícola serrana será escasa y la vida de sus habitantes cada vez más difícil.