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Miércoles 23 de septiembre 2020

Salvo China, en donde se originó la pandemia, que ha podido controlar el azote, los demás países afrontan una crisis social y económica sin precedentes. El desconcierto de las autoridades sanitarias ante lo desconocido, junto a la velocidad de los contagios y la alta mortalidad de los infectados, resultó en medidas improvisadas que agravaron los efectos. Hasta tanto el mundo no había sufrido una paralización global. El confinamiento cortó la cadena de pagos y provocó la caída de la economía global.

Finalmente, la ciencia ha terminado por entender al virus, sus efectos destructivos y la manera de contrarrestarlos. Simultáneamente, las empresas farmacéuticas de investigación han emprendido una carrera contra el tiempo en busca de la vacuna que cumpla su papel de protección, y no cause efectos colaterales graves.

Ecuador no ha podido sustraerse a esta realidad. Los primeros meses advirtió absorto el colapso sanitario de Guayaquil con el espectáculo aterrador de cadáveres en las calles y el caos en los servicios hospitalarios y funerarios. El Gobierno optó por el confinamiento casi total, lo cual disminuyó la velocidad del contagio, pero acabó por trastornar a una economía que acusaba raquitismo alarmante por cerca de un quinquenio. El desorden y la falta de una clara política sanitaria, más la omnipresente locura por el dinero, inclusive en la pandemia, llevó a cada municipio a buscar espacios comprando al apuro fármacos, pruebas, bolsas de cadáveres, mascarillas, guantes, etcétera, que en varios casos fueron oportunidad para llenar los bolsillos de compradores y vendedores.

Para sacar a la nación de esta profunda crisis, es elemental que las autoridades nacionales y locales actúen con políticas armónicas y un mínimo de coherencia. Hoy el ciudadano vive un caos con las restricciones de tráfico vehicular que varían de un cantón a otro, con las limitaciones y escasez del transporte público, con los controles súbitos en los lugares más absurdos que crean mayores atascos, en fin, con órdenes dictadas sin ton ni son por aprendices de caudillos que buscan su media hora de popularidad. Los gobiernos nacional y locales no pueden seguir estorbando el restablecimiento económico. Así, se mata al turismo interno con la irracionalidad de las restricciones al transporte por carretera.

Para ir de la Sierra a la Costa, o viceversa, los vehículos deben atravesar cantones y ciudades con distintas limitaciones, con lo cual se corre el riesgo de multas y retención de los vehículos y el chantaje de inspectores y vigilantes. Restringir la circulación de vehículos particulares, cuando el transporte público es lugar de alto peligro de contagio, es muestra de improvisación y capricho. Es urgente una estrategia nacional coherente para enfrentar la pandemia e incentivar la recuperación de la economía.