Milton Luna

Edificar comunidad

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Miércoles 02 de diciembre 2020

Si en una comunidad indígena es descubierto un ladrón de la propia comunidad, se le instaura un debido proceso. En el caso de ser encontrado culpable, la responsabilidad no solo la asume él, también su familia y toda la comunidad. Todos son y se sienten corresponsables del robo, ya que el ladrón expresa algún problema del colectivo. Por esto, el escarmiento, que se lo hace a la vista de todos, incluso de los niños, se convierte en un ejercicio de justicia, a través del aprendizaje de todos, dirigido a controlar y suprimir la delincuencia. A través del juicio, y del proceso social de sanción, la familia y la comunidad se auto depuran críticamente. Es el sentido telúrico comunitario que opera y se fortalece centenariamente en el ejercicio de la justicia, de la producción, de la cultura y de la educación permanente. Así la sociedad se sostiene en paz.

En la versión occidental de justicia, el ladrón es juzgado y llevado a la cárcel, donde por el hacinamiento, ingresa a un postgrado intensivo de delito y termina dentro de las redes del crimen organizado. El problema en vez de solucionarse, se incrementa. La sociedad no asume que el ladrón es producto de ella. Crea instituciones, la cárcel, como una respuesta parcial, punitiva y simplista, a un problema altamente complejo.

La falta de inversión, la cooptación de la justicia por parte del mundo de la política, la crisis del Estado y la sistemática desinversión, hacen que el sistema de justicia no funcione en un mar de muñequeo y corrupción. Ante esto, alguna gente toma la justicia por mano propia. El debido proceso deja de existir, crece el linchamiento y el sicariato. Vivimos una guerra civil de baja intensidad. Crecen la violencia real y virtual. Las redes sociales son los espacios donde los violentos y violentas exhiben sus espadas y cruzan el campo minado a balazo limpio clamando sangre. Incluso a nombre de la justicia y de los derechos, salen a liquidar al otro. Es la reproducción de la Francia del Terror, donde a nombre de la justicia se cortó la cabeza, a quien era o no era enemigo de la revolución. Pero la orgía sangrienta devoró a sus azuzadores. Robespierre, también terminó con su cuello bajo la guillotina.

No, por ahí no debe ir el país. Los conflictos siempre han existido y existirán. El tema no es ignorarlos, sino enfrentarlos, resolverlos. No a través de la violencia, sino del diálogo y la justicia. Por fortuna, tenemos los genes culturales de nuestros pueblos originarios, la filosofía andina. Los elementos no luchan, se complementan. Somos pares diferentes, pero nos reconocemos en el otro y nos complementamos, como en el Tinku, incluso en la fricción, generando relaciones armoniosas, colaborativas, construyendo comunidad.

La educación es un campo promisorio para que florezcan la comunidad y la armonía. La Nueva Escuela surgirá de ellas y con ellas, si nos proponemos.