Diego Almeida Guzmán

La dignidad

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Sábado 16 de enero 2021

El año 2020 marca un antes y un después en la conceptuación teórica y factual de la dignidad humana. Ello nos lleva a la búsqueda de qué es la “dignidad”. Algunas corrientes filosóficas identifican la dignidad en la lucidez del individuo para formular juicios morales, así como en sus acciones e intelectualidad, lo cual implica sindéresis. El hombre es digno, es decir valioso en ética, no solo por lo que dice sino por lo que hace en ejercicio del entendimiento de su circunstancia, y de su efecto en la comunidad que lo acoge.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos expone que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. En nuestra interpretación del enunciado, tales dos componentes – saber y cognición – no pueden darse aislados pero juntos en una misma autoridad moral. Para I. Kant la racionalización como excusa, es decir la razón que atenta contra el deber, destruye la dignidad. El empirismo según el pensador, degrada a la humanidad pues somete la dignidad a la supremacía del positivismo extremo.

Esto es lo que viene sucediendo en la manera cómo muchos sectores enfrentaron el penoso año 2020, y las secuelas sociales de la pandemia. La posición adoptada por los fragmentos económicos que han visto sus lucros sufrir detrimentos, ha sido indigna. Primero, lo ha sido para con ellos mismos, y luego, por cierto, lo ha sido de cara a la sociedad en su conjunto, pues han violentado el derecho básico de acceso a condiciones que garanticen una existencia digna por los menos favorecidos en términos materiales. La prebenda, en perspectiva aislada de compromiso social es todo lo contrario a dignidad.

Para A. Schopenhauer lo propio del hombre es su “trascendencia”. Trascender en dignidad representa ir más allá de uno mismo. El individuo, como poseedor de intelecto “abstracto”, está obligado a buscar algo superior a él que dé sentido a su vida. Bajo estas consideraciones, se habla de la dignidad ontológica. Esto no significa que exista una dignidad apartada de la ética, pero sí que la persona como sujeto moral debe cuidar de razonar siempre en bien. Razonar en mal es dejar de ponderar que las penurias de una sociedad injusta no se dan al azar… son consecuencia directa y proporcional a manifestaciones indignas de quienes desisten de actuar en beneficio comunitario. La doctrina habla de una dignidad fenomenológica, la exteriorización pragmática de los valores éticos del ser humano.

La dignidad es una “valía” suprema. A partir del instante en que el indigno adquiere influencia general, toda la sociedad entra en trance de indecencia. Identificar al indigno colectivo es bastante sencillo… suficiente con mirar sus faenas individuales para saber que sus desplegares sociales tampoco serán dignos.