Monseñor Julio Parrilla

Cinco años sin Aylan

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Domingo 13 de septiembre 2020

Se cumplen cinco años de la muerte de Aylan, el pequeño niño ahogado en la playa de nuestros televisores. Su diminuta biografía sigue siendo una de las más duras metáforas de nuestra sociedad actual, de este mundo que ha hecho de la vida de mucha gente un auténtico infierno y, al mismo tiempo, ha hecho de la ternura, lo mismo que del horror, un espectáculo. Desde entonces la foto del pequeño cuerpo, encogido y mojado por el agua del mar, me acompaña en el rincón de mi habitación en el que leo, escribo y rezo. El pequeño náufrago de peluche no es una mascota ni nada que se le parezca, sino el recordatorio del mundo que no quiero.

Hoy Occidente continúa recibiendo con alambradas, verjas y muros a familias como la de Aylan, que siguen dejando sus países de origen en busca de supervivencia y de paz. En un mundo sembrado de violencia y morbo, la imagen de este niño sirio de tres años se viralizó aquel septiembre del 2015. Internet y la globalización obraron la hazaña: desde entonces tenemos permanentemente a la vista el horror, vivamos donde vivamos, siempre que contemos con un ordenador o una tele, siempre que tengamos el valor de pegar su foto en nuestra pared.

Como George Floyd (tampoco lo dejen caer en el olvido), Aylan murió de asfixia hace cinco años. ¡Qué duro es este mundo nuestro, en el que los pobres se nos mueren por falta de oxígeno, de justicia y de amor! Víctimas de una guerra inacabable, a su lado también fallecieron su hermanito de cinco años y su madre. Sólo el padre de la familia sobrevivió al naufragio del bote en el que cruzaban el mar. ¿Dónde estará hoy? Difícil saberlo, pero cada vez que vea el mar, sus ojos se empañarán con el recuerdo del naufragio.

La cultura del espectáculo, alimentada por los medios de comunicación y por las redes sociales, nos ha acostumbrado a contemplar tragedias como la de Aylan casi sin asustarnos. Sin embargo, así se logró que su frágil cuerpo se viralizara y se convirtiera en un icono de lo que nunca debería de ocurrir. La falta de solidaridad real se encargó del resto: de que no llegara a las costas de Grecia y de que nosotros dejáramos de hablar de él. De él y de miles y miles de personas que se hunden sin compasión en las aguas turbulentas de nuestro mundo.

Cinco años después, el drama de los migrantes y refugiados continúa. Los gobiernos del mundo, la indiferencia de la mayoría y los intereses de cada cual han hecho que la vida de unos valga más que la de otros. ¿Cuántos niños han muerto desde entonces en condiciones similares a las suyas? Yo, por mi parte, seguiré recordando a Aylan, el pequeño niño con derechos y con futuro, que no tuvo nada de eso. Tal vez en la playa turca en la que quedó varado su pequeño cuerpo perdure la esperanza imposible con la que sus padres trataron de salvarle, con la que tantos padres tratan de salvar a sus hijos.