Juan Valdano

Aquel aciago 2 de agosto de 1810

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Miércoles 05 de agosto 2020

En la memoria de la patria, el 2 de agosto de 1810 guarda un ambivalente significado, fue un día de luto y, a la vez, de gloria. De luto, porque fueron asesinadas cerca de 300 personas en las prisiones y calles de Quito, genocidio perpetrado por el ejército de ocupación enviado desde Lima por el virrey Abascal con la misión de castigar a una ciudad rebelde que se había declarado autónoma. De gloria, porque fue la primera ocasión, en cuatro siglos de dominio español, que el pueblo quiteño protagonizó un levantamiento contra el régimen colonial demandando libertad y justicia.

Aquella no fue la hora de la pacata aristocracia criolla que, para entonces (y luego del fracaso del osado gesto del 10 de agosto del año anterior), había huido o estaba en prisión; fue el gran momento del pueblo, ese amorfo gentío de los barrios de Quito que se alzó contra el tirano. ¿Quién capitaneó a esa masa humana conformada por artesanos, menestrales, estudiantes, clero bajo, pobres de solemnidad y petulantes mestizos? ¿Quién? La Historia no lo dice. Y no lo dice porque, en los tradicionales textos de historia, el pueblo pasa inadvertido. Aquel fue uno de esos raros momentos de inspiración en el que un pueblo se levantó para castigar a un tirano en nombre de la justicia.

Y si ese 2 de agosto fue un día en que Quito lloró a sus muertos, fue también el día en que la ciudad refrendó con gloria su sacrificio. Día de resurrección y rebeldía de los barrios quiteños que, luego de la tragedia, adquirieron conciencia de su poder en la lucha que estaba por comenzar, la independencia política, heroica empresa que, después de los trágicos acontecimientos de Quito, impulsó a Simón Bolívar a declarar la guerra a España, único camino para alcanzar la libertad de América.

Lo que no es posible para la Historia, lo es, y con provecho, para la novela histórica, género literario que, partiendo de los hechos del pretérito, imagina cómo pudo ser la vida de la sociedad en el pasado. La novela histórica “Mientras llega el día” se basa en los hechos ocurridos en Quito el 2 de agosto de 1810. La narración evoca un gran panorama de la vida quiteña de finales del siglo XVIII e inicios del XIX. Personajes reales e inventados atraviesan la escena de una ciudad convulsa en la que no faltan la represión y el complot. El pueblo es aquí el gran protagonista, el ciudadano inerme que sufre la afrenta de los saqueadores limeños, la multitud airada que se desborda por calles y asalta el cuartel Real de Lima, el vecino temerario que fusil en mano entra al presidio y libera a los presos. Los hechos suceden simultáneamente en distintos puntos de la urbe, por lo que todo está narrado desde una visión totalizadora y cinematográfica. La novela concluye en un clímax final de silencio y miserere en el que se mezclan el heroísmo y la tragedia.