Fabián Corral

Manual para destruir un país

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Lunes 23 de septiembre 2019

Estamos empeñados, con entusiasmo digno de mejor causa, en la tarea de destruir el mundo y el país, arruinar el paisaje, contaminar los ríos, quemar los bosques, liquidar los páramos, transformar las quebradas en botaderos de basura, encementar todos los espacios, borrar todo camino que no sea arrogante autopista, quemar la memoria y ahogarnos en desechos y plástico. La demolición de la naturaleza guarda escalofriante vinculación con la otra demolición, la de los valores y los límites, de la responsabilidad y el sentido común.

Después de semejante ejercicio que practicamos sin descanso, queda un arrabal que crece cada día sobre las ruinas de todo lo viejo. Quedan los árboles y las selvas como recuerdos y testimonios humeantes. Y queda el triunfo de esta modernidad de pacotilla. Queda el campo que agoniza y algunos sentimientos rotos, porque la naturaleza no es solo ciencia, ni materia para discursos, ni economía para explotar; es, como dijo Humboldt, sentimiento, estética. Y es, creo yo, sentido de la tierra.

Quedan las ciudades, focos infecciosos donde prospera la contaminación, el tráfico, la inseguridad, espacios donde reinan los tumultos, las congestiones, el smog y las angustias. Y en algunas gentes, raras ciertamente, queda siempre la pregunta si éste es el país que queríamos, si el alboroto es mejor que el silencio, si el plástico tiene alguna solución, si el comercio y la industria tienen responsabilidades, si el progreso consiste en esta sistemática demolición de la belleza y la paz. O si hay otras opciones donde quepa la humanidad.

¿Hemos inventado un manual para destruir el país? Un manual que enseña que los árboles estorban, los bosques sirven para quemarlos, los chaparros son leña, los ríos desagües, y el paisaje, un cuento. Un manual para seguir la vía que conduce a eliminar lo que incomoda a la desmesura y al afán de hacer dinero fácil; una vía que deje la conciencia ancha para que prospere la estrategia de medir la felicidad en términos monetarios, crear necesidades artificiales, vender engaños, fabricar autómatas. Y suplantar la idea devaluada del “ciudadano”, con la del consumidor, ese voraz productor de basura.

La agonía de la naturaleza, la caótica expansión de las ciudades como espacios para el tumulto, va paralela a la otra agonía: la de las instituciones, la del respeto, la tolerancia y el sentido de solidaridad y vecindario. A la par que se queman las selvas y se arruinan los espacios de vida, la democracia se convierte en esperpento, en escenario para que populistas de todos los pelambres ofrezcan salvaciones gratuitas.

El manual de la destrucción no admite disidencias: debemos someternos, adecuar la vida a sus dogmas, hacer la vista gorda y agachar la cabeza. Y todos felices.