Nuestro futuro pende de un hilo

valore
Descrición
Indignado 1
Triste 1
Indiferente 1
Sorprendido 1
Contento 46
Viernes 18 de diciembre 2020

Matilde Mordt*
Columnista invitada

Termina el año 2020. Un año en el que redescubrimos la fragilidad de nuestra existencia. En el que el mundo se detuvo y conocimos muy de cerca el alto precio que se paga por el desequilibrio causado en el ambiente.

Según el último Informe sobre Desarrollo Humano, presentado esta semana por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la era en la que vivimos -el Antropoceno, o Era de los Seres Humanos-, está alterando los ecosistemas indispensables para sostener nuestra supervivencia.

Por ello, necesitamos cambiar, transformar el actual modelo de desarrollo para poder avanzar hacia la próxima frontera del progreso humano. Para empezar, debemos desterrar la idea de que hay que elegir entre las personas o el ambiente. Lo cierto es que, si no cuidamos a ambos, no habrá desarrollo posible ni tampoco condiciones para la vida.

Tanto es así, que el propio Índice de Desarrollo Humano (IDH), el cual hemos usado durante los últimos 30 años para medir el progreso de los países a través de la medición de avances en salud, educación, y aumento de ingresos, ha introducido dos nuevas métricas -las emisiones de dióxido de carbono y la huella material-. De este modo, el nuevo índice pone de relieve la transformación que podría darse en el ámbito del desarrollo, si tomáramos en cuenta el bienestar de las personas junto a la reducción de la presión sobre los recursos del planeta.

Y para desempeñar con éxito este cambio transformacional, todos los países deben focalizar sus esfuerzos, entre otros, en nuevos mecanismos y modelos de producción, trabajo, alimentación y consumo de energía.

En primer lugar, debemos trabajar con -no contra- la naturaleza, gestionando de manera sostenible los ecosistemas y encontrando soluciones para el desarrollo basados en la naturaleza.

En segundo lugar, es imprescindible cambiar normas sociales y valores, especialmente los vinculados a la relación entre el ser humano y la naturaleza. En apenas una sola generación, hemos presenciado importantes y positivos cambios, pero aún deben darse más y mejores transformaciones a favor de un desarrollo sostenible, como pide la Agenda 2030.

Por último, hay que ofrecer incentivos para que las innovaciones tengan lugar y se fomente, por ejemplo, el uso de energías renovables, y un compromiso más decidido de los países en torno a grandes acuerdos internacionales, como el de París, sobre cambio climático, que buscan adherir voluntades y conseguir acciones concretas.
Frente a estas recomendaciones, tenemos grandes obstáculos, comenzando por una desigualdad que la pandemia por covid-19 ha hecho aún más grande.

El planeta y la humanidad pendemos de un hilo. El mismo que puede volver a romperse, o hacerse más fuerte. Está en nosotros cambiar el rumbo y ser nuestra esperanza.

*Representante del PNUD en Ecuador