Ramiro Rivera Molina

¿Y la dignidad humana?

Habría pasado como si nada, lo sucedido en la Basílica del Voto Nacional. Un acucioso empleado que vigila el templo, prohibió a dos mujeres trans tomarse fotografías en el espacio exterior. Les decía: “La iglesia es privada”, “sólo cumplo órdenes”, no fotos “sin permiso”, “tengan la bondad de salir”. En ese mismo instante, otras personas se fotografiaban sin ningún problema y en completa libertad. No necesitaban el permiso ni el beneplácito que se reclamaba a las jóvenes.

En las redes se comentó lo sucedido con encendidas expresiones, unos censurando la segregación y otros aplaudiendo. Alguien tuvo la desdichada idea de aplicar reglas de vestimenta para visitar el templo. Digamos, condiciones de admisión. Al parecer, el twittero no había salido de la aldea. Un paseo de verano en Europa lo turbaría en su pudor, ante la vestimenta ligera que cubre poco, y deja al descubierto lo demás. Pero, en realidad, ¿Cuál fue el problema? ¿La vestimenta de las jóvenes? ¿Su apariencia o su identidad sexual? Sucedió porque las jóvenes eran trans. Como tales, sujetas al mal trato por caer en la irreverencia de ser distintas. En la falta de ser desiguales. Disidentes atraídas por el demonio. La insolente presencia de la herejía, aunque tal término de origen griego signifique: “elijo”, “quiero”, “escojo”. Por pecaminosas, merecen ser expulsadas y desterradas al escarnio y a la hoguera del estigma.

En las expresiones del inspector del santuario, no hay lugar para la misión de la cristiandad, la fraternidad y la semejanza humana, ni el reconocimiento de su inmanente dignidad. Me imagino, un retorno a la oscuridad medieval y el lúgubre deambular de los frailes, cegados de pasión y a la espera del apocalipsis. Evoco la narración del misterio del Nombre de la Rosa de Umberto Eco. Ahí donde habita la certeza del dogma y la condena por la degeneración del pecado. Para la beatería, las jóvenes trans, que germinan del propio satanás, no merecen indulgencia alguna. Reciben el inapelable recado de rechazo y desprecio. No son seres tolerables. Son la insignificancia. La nada.

Cuánta falta nos hace reconocer la sociedad y la existencia humana como un mosaico de contrastes, tonalidades y opciones multicolores. Necesitamos pluralismo y tolerancia hacia la diversidad. Respetar la libertad de decidir y elegir la identidad preferida. No podemos ser pesquisas vigilantes de la inquisición moralista. Hace falta superar taras y barreras de prejuicios mentales, influidos por viejos e inútiles dogmas que denigran la condición humana.

El empleado de la Basílica, como otros más, se enfrentan al desafío de respetar y tolerar las diferencias. De superar arcaicos credos que no permiten el despliegue de la razón. ¿Alguien puede negar a otros el derecho a vivir con la identidad que desea y encontrar su propia realización y dignidad humana? ¿Podremos vivir como diferentes y semejantes?

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