Rodrigo Borja

La calumnia: arma política

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Domingo 15 de marzo 2020

Ella es, por desgracia, norma de conducta de algunos políticos: calumniar y calumniar para que de la calumnia algo quede. De ahí que el escritor y político español Ángel Ossorio —en su libro “Cartas a una señora sobre temas de Derecho Político” (1932)— reconoce con la profunda amargura acumulada a lo largo de los muchos años de su actividad pública, que “para salirnos con la nuestra, no vacilamos en destrozar al contradictor la honra, y los sentimientos, y el alma. Sin haber visitado ningún pueblo salvaje, aseguro que he tratado verdaderas bandas de antropófagos en la vida política”.

Y es que la difamación, convertida en instrumento político para perjudicar a los adversarios, deformar su imagen y desprestigiarlos ante la opinión pública, consta en el orden del día de todo granuja metido a político. Ella pertenece al mismo género degradado de la conducta de quienes, por incapacidad para afrontar el debate de las ideas, dirigen sus dardos y sus patrañas contra quienes lo proponen. No afrontan las tesis contrarias para demostrar que son malas, que están equivocadas o que son dañinas para la sociedad sino que buscan descalificar a quienes las plantean. Es decir, no abren juicio ni debate sobre los temas sino que enfilan sus baterías contra sus autores.

“Calumnia, calumnia, que algo queda”, es una conocida frase en el mundillo de la política. Y son diversos los orígenes que se han atribuido a ella. Unos piensan que procede del adagio latino “calumniare fortiter aliquid adhaerebit”. Otros, que su origen está en el tratado “De la dignidad y progreso de las ciencias” del escritor inglés Francis Bacon (1561-1626). O hay quienes sostienen que proviene de la comedia “El Barbero de Sevilla” del escritor y musicólogo parisino Pierre-Augustin de Beaumarchais (1732-1799), con su texto: ”calomniez, calomniez, il en reste toujours quelque chose”. Aunque hay quienes piensan que el planteamiento de este presagio es más antiguo: proviene de la comedia “El Barbero de Sevilla” del genial escritor y musicólogo francés Pierre-Augustin de Beaumarchais (1732-1799).

Pero lo cierto es que la calumnia, como conducta, tiene amplia cabida en los bajos fondos de la politiquería, donde se mueve esa fauna de roedores de honras que calumnian y calumnian maliciosamente a sus adversarios y confían en que de la calumnia algo quede a pesar de los esfuerzos de los agraviados por desvanecer los infundios.

En los códigos penales se singulariza como delito la calumnia, con sanción carcelaria y económica contra quienes incurran en ella maliciosamente. Napoleón solía decir que “el mal de la calumnia es semejante a la mancha de aceite: siempre deja huella”. Y el novelista francés Francois Mauriac escribió: “La calumnia siempre es sencilla y verosímil. Y en esto se diferencia muchas veces de la verdad”.