Fabián Corral B.

La democracia como acuerdo

La democracia ha sufrido graves simplificaciones. El deterioro de las instituciones y la confusión general sobre nociones políticas fundamentales, ha afectado su credibilidad y eficiencia. Hay que replantear el tema bajo el entendido de que la democracia, en realidad, es un pacto de convivencia entre diversos, es un acuerdo racional para hacer posible el ejercicio del poder entendido como servicio.

1.- Lo que la democracia no es.-1.1.- Electoralismo.- La democracia no se reduce a una forma de elegir mandatarios, legisladores, alcaldes y más delegados de la gente (lo que se llama “el pueblo”). Es eso, pero mucho más. El sistema electoral es el aspecto formal, el procedimiento de designación, y es, al mismo tiempo, la faceta más expuesta a la demagogia, el populismo, la propaganda y la mentira. El “electoralismo” puede sofocar y deslegitimar los asuntos sustanciales de que debe ocuparse la democracia, y esto porque reduce la ciudadanía a una suerte de clientela, y el “voto sentimental” a un sorteo de la felicidad o la desgracia, según la óptica interesada por la que se la mire o según se sientan las consignas de la campaña.

1.2.- La legitimidad -el derecho moral y legal a mandar- debe originarse, es verdad, en una elección conforme a derecho, sin fraude, pero, además, es preciso que los mandatarios expresen, ya en el gobierno o en la legislatura, por una parte, la lealtad a sus votantes, y por otra, la voluntad de dialogar con los demás. La política debe entenderse como la acción de gobernar entre el encargo que se recibió de los votantes y la capacidad de dialogar con los otros. Es un esfuerzo de conciliación orientado por el bien de la República.

1.3.- Dictadura de la voluntad general.-La voluntad general no tiene virtudes mágicas; no transforma la naturaleza de las cosas, no crea riqueza, no es siempre factor de libertad ni de progreso. La mitad más uno es una regla parlamentaria/electoral que subsana formalmente el tema de las decisiones que se adoptan, pero no está blindada contra el error objetivo, la fuerza de la manipulación, la inducción de la propaganda o el temor. Puede convertirse en una forma de dictadura, si los titulares del poder entienden que la mayoría, siempre circunstancial, les confiere potestades absolutas y les atribuye capacidades más allá del bien o el mal, y por sobre los límites de lo razonable. Este es uno de los problemas esenciales del populismo: enmascara la arbitrariedad en la “voluntad del pueblo”, interpretada, proclamada y pervertida a gusto del caudillo.

1.4.- Plebiscito desinformado.- En América Latina, la “democracia plebiscitaria” es cada vez más frecuente. En numerosos países, Ecuador entre ellos, los gobernantes o las fuerzas políticas interesadas en un determinado tema, incluso en la reestructuración del Estado, ponen “en manos del pueblo” decisiones que los poderosos no quieren o no pueden adoptar. Para blindarse, necesitan el aval del voto popular, a sabiendas de que, en la mayoría de los casos, el plebiscito y, más aún, el referéndum, son “procesos desinformados”. En el Ecuador, la gente votó mayoritariamente por la Constitución de 2008, de casi quinientos artículos, sin haber leído el texto, salvo poquísimas excepciones. ¿Es legítimo el plebiscito desinformado? ¿Puede la población decidir sobre temas políticos o jurídicos abstractos? ¿La propagada, la magia política, o el carisma de un caudillo no vician el consentimiento?

2.- La democracia como voluntad de convivencia.-En contraste con lo anterior, la democracia, más allá del formalismo electoral y de la fidelidad o manipulación de la voluntad de la gente, debe entenderse como compromiso constante de convivencia y diálogo. Alguien decía, “como plebiscito cotidiano” a favor del país, y adhesión a valores como libertad, tolerancia, legalidad, honradez.

Ortega y Gasset escribió que “La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia. Se es incivil y bárbaro en la medida en que no se cuente con los demás. La barbarie es la tendencia a la disociación”.

3.- La democracia como tolerancia y diálogo.-De alguna manera, la democracia es una conversación constante. No es un discurso descalificador, no es asonada y griterío, no es imposición. Es un diálogo en torno a nuestras ideas, que permita sostener las razones, explicar los fundamentos, entender las discrepancias. Eso implica, necesariamente, escuchar al otro, rebatir desde la racionalidad y el respeto, admitir la posibilidad del error propio y de la razón ajena.

4.- Los acuerdos y los límites de las ideologías.- Los acuerdos son la conclusión de los diálogos y de la buena fe y apertura con que las partes obren; es el fin de la explicación de los fundamentos de las tesis de cada cual, y es la expresión de voluntades concurrentes sobre asuntos de interés colectivo. Contra los diálogos y los acuerdos conspiran el interés partidista, franco o encubierto, las consignas y la idea, cada vez más extendida, de que cada movimiento o partido tiene la verdad revelada y el secreto de la felicidad. De allí se concluye, erróneamente, que el grupo o caudillo “no debe ceder”. Esto es propio de la vocación dictatorial que algunos no superan, porque gobernar o legislar para ellos es “dictar órdenes o leyes”. En esa medida, las ideologías excluyentes y las razones absolutas, se convierten en métodos de imposición. Pero la democracia liberal supone, como fórmula de gobierno y legislación, el diálogo efectivo, la capacidad de escuchar, la vocación para ceder y conceder. Y la idea de que, gobernantes y opositores tienen la posibilidad de equivocarse. Que el acuerdo no es traición. Que es el fruto de la inteligencia y de la generosidad políticas puestas al servicio de la comunidad.