Susana Cordero de Espinosa

La buena conciencia

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Martes 01 de octubre 2019

Tener el mundo a mano me abruma hasta el hastío: Me llega desde clics que me pesan como si empujara piedras con las manos; páginas sin papel ni borrones, virtuales y sangrientas, repletas y vacías...

La bruma de la abundancia: me llegan, me cercan avalanchas de sucesos, de decisiones que no puedo medir, y no es virtual este sentimiento de culpabilidad por mi impotencia ante tanta muerte y tanta vida.

Ya en casa, me vuelco hacia el jardín, hoy un difícil ámbito seco donde el aguacate que un día floreció muere bajo el cielo de azul interminable, de nubes viajeras y acolchadas que no anuncian lluvia.

La ciudad de la lluvia cotidiana y leve, pero real, luego del mediodía de la infancia, que regaba y verdecía los jardines de La Mariscal, los de La Floresta; la ciudad de la Juana, que servía en casa de Conchita, amiga de mi madre, y cuando se casó, vivió la dicha de su luna de miel ‘en La Floresta, niña’, de donde regresó perfumada de rosas y alhelíes; la ciudad de la lluvia al regreso de las dos jornadas de Rumipamba; del almuerzo del seminternado en la escuela con olor a ciprés, del encauchado amarillo, ya no existe. A veces, en medio de todos, pienso ‘la ciudad se acabó’, y me acabo con ella.

El debate fallido sobre la despenalización del aborto, por gracia o por desgracia de unos asambleístas torpes y obsecuentes me colma: me harta tanta falaz hipocresía... ¿Acaso los que así defienden ‘la vida’, celebraron misas para pedir perdón por la pederastia probada y la escondida de cientos de clérigos, de maestros religiosos en colegios y escuelas? ¿Hicieron manifestaciones, gritaron a favor de la vida de los niños violados, heridos para siempre en su condición? ¿Llamaron, clamaron?

Sepulcros blanqueados sus cuerpos y sus almas. Catoliquísimos, puestos en el lugar de la desgracia, ¿dejarían que su hija, su hermana, su sobrina violadas dieran a luz al hijo de su padre, de su tío, de su hermano?: que arrojen la primera piedra, como pedía Cristo, a los que condenaban a la mujer adúltera. Arrójenla.

Pero como ya la arrojaron, que la recojan ahora, pues el golpe de la piedra que arrojan, el de la que seguirán arrojando no será peor, ni más brutal, ni menos inhumano que su buena conciencia.

Todo es parte central de esta sequedad y este hartazgo interiores. Aunque ayer llovió, la hierba sigue amarillenta. Espero, esperamos: queremos otro ámbito de muerte y de vida, uno en el que no se condene a una, a cientos, a miles de niñas, a soportar la inmensa carga de la violación durante su vida entera, junto a otro ser que vino, no solo sin amor: que vino en el extremo de la desgracia, la impudicia, el vicio y el abuso, y asumirá su vida entera, desde la concepción, como su culpa; pero será culpa de ustedes, asambleístas conspicuos y mentirosos, de ustedes, merecedores de castigo porque su bondadosa concepción del valor de la vida se mantiene contra niñas desvalidas y pobres, y no se ejercería, me atrevo a jurarlo, si ellas fuesen ustedes…