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Martes 11 de diciembre 2018

Evoco a una mujer europea que merece nuestra admiración y alabanza; sobrevivió al Holocausto y fue europeísta consumada, ejemplo de trabajo a favor de los demás, con el equilibrio y la dignidad que solo pueden conseguirse cuando la vida no nos ha ahorrado dolor. Se trata de la profunda, talentosa y valiente Simone Veil (1927-2017).

Abogada francesa, presidenta del primer Parlamento Europeo, Ministra de Sanidad en el gobierno de Giscard d’Estaing; librepensadora, gracias a su coraje logró la difícil promulgación de la ley llamada ‘ley Veil’ que despenalizó el aborto en Francia. Luchó “a favor de todas las mujeres del mundo, de cualquier clase social, color de piel o religión; anhelaba para todas los mismos derechos, pues la libertad, para Veil, no podía ser relativizada”.

Al leer una mención al debate sobre la despenalización del aborto que tuvo lugar en la Comisión de Justicia de la Asamblea Nacional pensé en Simone Veil; pero el nuestro no fue un debate sobre el aborto -aún no logramos tal apertura en el país, pionero, sin embargo, en épocas también obscuras, en la instauración del laicismo, la aprobación de la ley del divorcio y la secularización del matrimonio-, sino en la ‘despenalización del aborto por violación’.

Me pregunto si cabe que se mantenga el castigo por el aborto contra una niña, generalmente aún adolescente, o mujer que, habiendo sufrido el crimen atroz de una violación, deba soportar, no solo la crueldad de ese recuerdo, sino la reiteración misma de la violencia sexual –en la mayoría de los casos, nuestras jóvenes son violadas repetidamente, bajo amenazas, por parientes cercanos, padres, hermanos, tíos, en los nueve meses de embarazo de la criatura atrozmente gestada. ¿Cuál es el porvenir de esta madre y de su hijo? ¿A qué se la destina, al condenarla?

No haber planteado esta aprobación, no haberla logrado es otra pérdida, otro robo cometido en los diez inhumanos, insoportables años del correísmo…

Simone Veil fue llamada en Francia ‘vigía moral’. ¿Podremos censurarla por haber conseguido que las mujeres francesas (y ojalá todas las mujeres del mundo) sean, libremente, dueñas de su cuerpo? Abro, en Internet, temas relativos al que nos inquieta y leo: “Derechos sexuales y reproductivos: seas quien seas y vivas donde vivas, las decisiones que afecten a tu cuerpo deberían ser tuyas”.

“Cada cual es libre de decidir sobre su cuerpo; cada individuo mujer u hombre tiene el derecho de obtener información precisa; acceder a servicios de salud sexual y reproductiva, incluidos los de contracepción; elegir si desea casarse, cuándo y con quién; decidir si quiere tener hijos y cuántos”. Así debería ser, en la realidad de todos, iluminadas, mujeres y hombres, por una educación de calidad. (Espero, esperemos, esperamos que el nuevo ministro ponga en práctica su lúcida visión de lo que debe ser la educación ecuatoriana).

Que no se dilate más la aprobación de esta norma crucial: ¡una mujer no puede ser obligada a tener un hijo gestado en violación!