Rodrigo Fierro

Los embajadores ecuatorianos

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No me voy a referir a los embajadores ecuatorianos que he conocido en mi dilatada vida de científico trashumante: aquellos aseñorados, serios y distantes, los unos; con una eterna sonrisa como haciéndose perdonar la representación de un país minúsculo, los otros.

Hoy martes 1 de mayo, como siempre que debo escribir mi artículo que saldrá publicado el jueves, leo primero EL COMERCIO. Una entrevista a nuestro embajador en EE. UU. Francisco Carrión Mena. Vienen a mi memoria recuerdos inolvidables. Son los que pesan para el cambio del tema de mi artículo.

Cuando fui designado Académico de Honor de la Real Academia Nacional de Medicina de España, en la ceremonia estuvo presente nuestro embajador en Madrid Francisco Carrión, con todos los honores en la Mesa Directiva. Días después el representante de mi país ofrecía en mi nombre una recepción a los académicos españoles. La banderita ecuatoriana al tope, fue mi visión.

También embajadores en Madrid, en circunstancias muy honrosas para mí, Germánico Salgado y Alfonso Barrera. Presentes en los actos y ceremonias; generosos hasta no más en las recepciones que en mi nombre organizaron en sus residencias. Germánico Salgado, destacadísimo economista y planificador; Alfonso Barrera, ilustre escritor, eran figuras prestigiosas en los círculos madrileños que frecuentaban. Dejaron honda huella en el imaginario español. La banderita ecuatoriana por todo lo alto.

Rodrigo Valdez, nuestro embajador en Pekín, había sido notificado de mi presencia en Tianjin como participante en una reunión internacional. De retorno me proponía pasar unos días en esa capital. Los tiempos eran turbulentos, se habían iniciado las manifestaciones estudiantiles contra el régimen comunista y se esperaba un estallido. Pese a prudentes amonestaciones viajé a Pekín. Tenía reservación de hotel. La estación pekinesa un hervidero humano que comenzó a producirme terror. De pronto una pancarta con mi nombre. El Secretario de la Embajada venía a recogerme. Rodrigo Valdez y su señora con el calor que se da a un familiar. El concepto de familia ecuatoriana en su mejor expresión. Días después se producía la masacre de los estudiantes en la Plaza de Tian An Men.

Invitado por la Academia de Ciencias de Cuba llegué a La Habana. Preferí alojarme en casa de mi amigo Miguel Márquez. Conferencias sobre nuestros programas de yodación de la sal y de fortalecimiento de la harina de trigo con hierro. Miembro de Honor de la Sociedad Cubana de Historia de la Medicina. Cena de agradecimiento en casa del Embajador Gonzalo González Fierro. Digno de ponderación el gesto de nuestro representante.

Los mencionados, entre otros, grandes diplomáticos de un pequeño país. Mucho más allá de alusiones personales.