Robert Skidelsky

Buena política y mala economía

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Martes 25 de septiembre 2018

La mala economía engendra mala política. La crisis financiera global y la fallida recuperación que le siguió dieron alas al extremismo político. Entre 2007 y 2016, el apoyo a partidos extremistas en Europa se duplicó. En Francia la Agrupación Nacional (ex Frente Nacional), en Alemania Alternative für Deutschland (AfD), en Italia la Liga, en Austria el Partido de la Libertad (FPÖ). Y ni siquiera mencioné a Donald Trump o el Brexit.

Las tensiones económicas no alcanzan para explicar esta explosión del extremismo. Pero la correlación entre fenómenos económicos adversos y la mala política es demasiado notoria para ignorarla. Por mala política entiendo el nacionalismo xenófobo y la supresión de las libertades civiles internas, que se ven en países con gobiernos populistas. Por buena política entiendo el internacionalismo, la libertad de expresión y la gobernanza responsable que prevalecieron durante la era de prosperidad de la posguerra.

Por mala economía entiendo permitir a los mercados financieros dictar lo que sucede en la economía real. La buena economía, en cambio, reconoce el deber de los gobiernos de proteger a la ciudadanía de tensiones, incertidumbres y desastres. A los liberales se les hace muy difícil aceptar que la mala política puede producir buena economía, y que la buena política puede producir mala economía. Sin embargo, Hungría ofrece un claro ejemplo de lo primero. Bajo el primer ministro Viktor Orbán, el país se ha vuelto cada vez más autoritario. Pero el programa económico del gobierno, la “Orbánomics”, tiene una sólida base keynesiana. Del mismo modo, la buena política puede sin duda coexistir con la mala economía: las políticas de austeridad del ex ministro de hacienda británico George Osborne condenaron al Reino Unido a años de estancamiento.

A los nacionalistas les resulta más fácil que a los liberales seguir políticas de protección social. Esto incluye históricamente a los nazis (que eran nacionalsocialistas) y a Mussolini, que comenzó su vida política como un activista socialista. Los liberales, en tanto, defienden el libre movimiento de bienes, personas e información, mientras que la política nacionalista trata de restringir las tres cosas.

La extrema izquierda también ha hecho avances tras la recesión que siguió a la crisis. Pero la historia sugiere que el principal beneficiario de la ruptura política y social es el nacionalismo, y es fácil ver por qué. El socialismo clásico es descendiente del internacionalismo liberal, es un credo globalizador que en principio, no reconoce fronteras nacionales. Pero frente a quiebres económicos a gran escala, el internacionalismo queda en entredicho. Al no estar atado a la política nacional, no rinde cuentas a nadie. En un colapso del sistema internacional, los nacionalistas pueden presentarse como la única alternativa.