Pablo Cuvi

Adictos somos (casi) todos

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Si me perdonan el francés, ha llegado la hora de hablar a calzón quitado del problema de las drogas, que se origina en algo mucho más difícil de controlar que la banda criminal del Guacho: el cerebro. Y no me refiero al cerebro del cartel de Sinaloa, sino al cerebro de cada uno de nosotros, esa masa gris que andamos llevando a todas partes, adornada con dos orejas.

Según la doctora Nora Volkow, neurocientista al frente del instituto nacional de EE. UU. contra el abuso de drogas, por una estrategias de supervivencia el cerebro humano está construido para aumentar el placer y disminuir el dolor. Y existe un neurotransmisor siempre presente en el circuito del placer y la recompensa: la dopamina. La reincidencia en el consumo altera este sistema y surge la adicción. Por eso, allí adonde va con su sabiduría a cuestas, Volkow repite una frase rotunda: ‘Addiction is all about the dopamine’.

La mera expectativa del consumo eleva el nivel de la dopamina que, de distintas maneras, es liberada por substancias que pueden ir desde el chocolate, el café, el tabaco y el alcohol, pasando por la cocaína y otra cosas ilegales, hasta los opiáceos que recetan los doctores para calmar cualquier tipo de dolor y constituyen la peor epidemia este momento en EE.UU., causando más muertos por sobredosis que las drogas ilegales.

Aunque los adictos propiamente dichos son pocos en relación con el total de la población, vivimos en un mundo que fomenta las conductas adictivas. Sin ir tan lejos: un niño que consume varios vasos de cola al día está sintiendo el alza de la dopamina, motivada por el mucho azúcar y la cafeína de la bebida. Si a ese mismo chico le dan un smartphone del que no se desprenderá nunca más, le están encaminando a otra de las peligrosas adicciones del siglo XXI. Y si de yapa le llevan cada fin de semana al templo de la sociedad de consumo, el mall, ¿cómo le exigirán años después que no consuma lo que sea, y desea?

Estamos ante un fenómeno global que debe ser abordado sin prejuicios ni hipocresía pues casi todos somos adictos a algo ‘malo’. En cuanto a los estupefacientes, un buen punto de partida es la Constitución, que no criminaliza el consumo de drogas pues lo considera básicamente un problema de salud. En concordancia, el Consep expidió en 2013 una tabla de las cantidades máximas que una persona podía tener, pero en una sabatina el autócrata ordenó modificar la tabla y trasladó a Carondelet las oficinas de control de las drogas y la sexualidad juvenil y monseñor Alexis Mera prescribió la abstinencia.

La alternativa es abrir la mente, que también obtiene placer en la búsqueda del conocimiento, y analizar los casos emblemáticos de Portugal y Uruguay, así como de los nueve estados del Norte que han legalizado la marihuana, medida que apoya ya un 64% de norteamericanos. Es eso o la matanza sin fin.