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Es una vieja historia, pero llena de actualidad. Y el desencadenante fue un pequeño crucifijo arrojado al escenario durante un concierto a finales de 1978, en momentos complicados de su vida, que nunca faltaron. Así se abrieron las puertas del cristianismo a Bob Dylan, el Nobel de Literatura (2016), que empezó a impregnar las letras de sus canciones de espiritualidad.

El propio Dylan contó su historia: cómo en aquella gira (1978) vivió la conversión en la habitación de un hotel de Tucson, Arizona, de una forma reveladora. “Una presencia incuestionable, la gloria de Dios golpeándome y rescatándome”. Tres discos son testimonio de aquella epifanía, con Jesús presente prácticamente en cada tema: Slow Train Coming (1979), Saved (1980) y Shot of love (1981). Ahora, con el último volumen de los Bootleg Series, presentado a finales del pasado año, Dylan regresa a aquellos llamados “años Gospel”.

No se trata de un simple maquillaje en su vida. A la luz de la fe, se da en Bob Dylan un auténtico crecimiento personal y artístico, un desarrollo de su cosmovisión que hace del artista un referente de honestidad y de vida nueva. Dylan no sólo fue - lo sigue siendo - canción protesta, Vietnam, contracultura, el cantor de la paz, sino también espiritualidad, humanismo y la honda huella de un creyente rebelde. La gente de mi generación encontró en él, insertos como estábamos en una España arcaica y falsamente ordenada por los rigores del franquismo y del nacionalcatolicismo al uso, una bocanada de aire fresco, ciertamente provocadora, que alimento no pocos de nuestros sueños y nos ayudó a salir del letargo.

La inquietud religiosa está presente en Dylan desde su primer disco. Y nunca lo ha abandonado. Tampoco ha disminuido su condición de hombre de izquierdas preocupado muy especialmente por el tema de la paz. Dylan mantiene “una espiritualidad profunda y permanente”, a decir de Scott Marshall, autor de un magnífico ensayo sobre él (“Bob Dylan: A Spiritual Life”). Sin duda que en este mundo globalizado desde los intereses económicistas y geoestratégicos, desde la política de bloques y amenazas nucleares, no siempre resultará fácil introducir un sentimiento religioso de hambre de justicia y de paz. El Papa Francisco lo intenta gritando en el desierto como buen profeta. Ojalá que Trump y Putin oigan e interioricen de vez en cuando algún disco de Dylan y alguna que otra palabra de Francisco, aunque me temo que sus gustos artísticos y proféticos serán bastante diferentes.

En estos días de lluvia y frío, con una taza de café lojano en la mano, oyendo de fondo Man of Peace conviene alimentar sentimientos de paz y pedir a Dios que los dueños del mundo no se olviden de que son responsables del género humano. Por mi parte pido que el rostro crispado de “señores de la guerra” se transforme poco a poco en el rostro amable de “guardianes de la paz”.