Marco Arauz

La deuda de Lenín Moreno

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Domingo 04 de febrero 2018

No sabemos cómo votarán los ecuatorianos en el referendo y consulta popular de hoy. Lo que sí sabemos es que el Ecuador, más allá de todas las lecturas políticas posibles, despertará mañana con sus expectativas económicas personales y familiares intactas.

En cuanto a lo político, el resultado será leído como una calificación de la gestión del presidente Lenín Moreno. Él es el responsable de lo que se pregunta -y sobre todo de cómo se pregunta- y, además, el Ecuador tiene la costumbre de convertir las consultas y referendos en actos de aprobación o desaprobación, a diferencia de lo que suele suceder en países donde el acto plebiscitario rebasa sin problemas el ámbito estrictamente político.

Lo que quedará después de esta etapa, que ha tomado ocho meses y tomará todavía algunos meses más, es un escenario absolutamente diferente al de mayo pasado, con un movimiento gubernamental cuya fragmentación marca la realidad de la Asamblea. Ésta tendrá que salir de su marasmo y empezar a legislar, no solo para tramitar posibles reformas nacidas de la consulta de hoy sino la agenda represada con expectativas económicas y sociales incumplidas.

En esta etapa también empezarán a aparecer nuevos actores decididos a ocupar el espacio de la centroizquierda serrana, que se decepcionó de Rafael Correa y no encontró respuestas en sus líderes históricos durante al menos una década. El recambio de las autoridades seccionales para el próximo año es la siguiente parada política de quienes aprovecharon la consulta popular para promoverse como figuras locales. El correísmo, de su lado, tendrá que reinventarse.

Pese a esas novedades, mañana nos despertaremos con una deuda abultada y sin un modelo productivo sostenible. La campaña de la consulta fue el escenario en que el Gobierno -no solo Moreno- se mostró más abierto a la promoción de la inversión privada interna y externa, a la participación del empresariado y a una política exterior comercial distinta. Es hora ya de preguntarse cómo piensa el Presidente hacer un cambio de esa magnitud.

No se puede presentar una obra diferente si se mantienen el mismo libreto y los mismos protagonistas. La lógica dice que en esta ocasión el Presidente deberá ir más allá de sus lealtades personales y pensar en el beneficio del país. Se necesitan gestores que crean de verdad en la necesidad de hacer las cosas de manera distinta, y eso implica cambios ministeriales.

No tendrá ya sentido -sea el resultado positivo o negativo- seguir abroquelado frente a los cambios económicos postergados en nombre de la política. Está bien atacar la corrupción y defender la transparencia: está muy bien propiciar un ambiente de respeto y libertad. Pero si se quiere seguir pagando la deuda social, ya es hora de crear riqueza.