Marco Antonio Rodríguez

S. XXI, primeras décadas

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Martes 18 de septiembre 2018

En los inicios de los años sesenta del siglo XX, se extinguió el modernismo. El experimentalismo y el abstraccionismo en la pintura, las postrimerías de la representación en la narrativa, las películas de los grandes maestros de la edad de oro en el cine, las dos conflagraciones mundiales y frágiles movimientos liberacionistas en política trazaron, entre otros fenómenos, el epílogo espléndido y terrible de una de las épocas más fascinantes de la historia. Lo que ocurrió después fueron hechos secuenciales fuertes, pero de menor intensidad: el pop (paradoja no exenta de genialidad) impuesto por Andy Warhol, el gay albino, paranoico y calvo, cuya extraña obsesión fue la de convertirse en máquina; John Cage y su irrupción fracturadora de los cánones musicales; los Beatles y los Stone resolviendo el clasicismo en lo popular; el punk y el rock de la nueva ola, y más tarde en política, el socialismo siglo XXI, insustancial y pasadista.
Al fondo de este escenario, la red y las prótesis; los cracs bursátiles y el cibersexo; la inteligencia artificial, la robótica... Desvanecido el socialismo en los países que supusieron practicarlo, la aldea global enarboló las fórmulas del neoliberalismo, cuyo recetario también fracasó estruendosamente.

Por nuestros lares advino el socialismo del siglo XXI, proclamado por patéticos ‘caudillos democráticos’ que, de a poco, fueron evaporándose. Autócratas, extravagantes, ignaros, cínicos, saqueadores del patrimonio de sus pueblos y de sus valores intemporales: libertad, justicia, igualdad (ellos y sus secuaces edificaron su propio jet set)… (“Vivimos otra civilización, la de la informática”, ha dicho, sabio y campechano, José Mujica).

El capital, al más puro estilo virtual, se colocó más allá del entramado de la producción y del activismo político, autonomizándose y reflejando un mundo a su imagen y semejanza. Ya no existen vanguardias que constituyan el registro de nuestra capacidad de anticipación y, por consiguiente, a una postulación de crítica radical en orden de un ejercicio revolucionario. La revolución marxista pasó, sin embargo, todo aquello que no se ha desplazado de sí mismo libra el derecho a su retorno. Sin embargo, su esencialidad no podrá ser reemplazada.

En Ecuador se ofertó una revolución encarnada en un seudocaudillo atrabiliario y lenguaraz con un séquito de marquetineros y una camada de expertos en disecar naciones. Los métodos cambiaron, pero los fines fueron los mismos: supresión de libertades, aberrante culto al ‘poderoso’, intelectuales desechables, guerra de eslóganes, distorsión de la historia, inoculación del miedo, exclusión de minorías, dogmatismo, tecnócratas embaucadores, desfachatados representantes del gansterismo criollo… Nuestro ‘jaguar’, boqueante y maltrecho, recluido en su delirante mitomanía, pretende aún mandar a sus huestes con sus excretas de pajarito: sus paupérrimos tuits.