Marco Antonio Rodríguez

Jara Idrovo: evocación

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Domingo 27 de mayo 2018

‘Maniatado en el torrente de la duración/ así te quise ver/ viejo y roñoso Efraín/ piedra confundida/ entre el estruendo de la desesperación/ tanto ir y venir de la conciencia al mundo/ y al fin quedarse extraviado/ en el dédalo de las palabras/ ¿hay algo más que roer el hueso del tiempo/ bajo el silencio de las estrellas?”

¿Dónde quedaron, Efraín, esas noches inacabables en las cuales espoleábamos los ijares del tiempo, convencidos de que íbamos a dejarlo atrás y llegar triunfadores después de vencerlo? Casi siempre en casa de José Serrano González, nuestro hermano “bibliólico”, -seguía leyendo mientras nosotros ya habíamos sucumbido ante los copiosos brindis-; Jacinto Cordero Espinosa -poeta grande- repetía: “Aquí se cierra el círculo de fuego”, refiriéndose también a Eliécer Cárdenas, quien completaba el cuarteto inolvidable.

Un día viajaste a las Galápagos y -solitario empedernido- atesoraste dolores oceánicos, borrascas, soles, ocasos, aromas, sabores, y adensaste ese aire trashumante que siempre llevaste en los meandros de tu ser. Otro día te cayó de bruces una pequeña fortuna y, en vez de guardarla o multiplicarla, te fuiste por el mundo a comprar los mejores vinos que pararon en una cava a la cual solo teníamos ingreso tus elegidos.Sibarita, melómano, maestro, rastreador contumaz del amor. “Los estetas somos hombres desesperados”, defendías tu rastreo inexorable con la proclama de Kierkegaard. La palabra fue tu dios y tu universo. Llama retorciéndose en la pira de la vida, quieta, ululante. Tu estampida fuera de ruta, inútil, rota. Hondo dolor del alma. Recuerdo que no muere, deseo que no acaba. Disposición ante la nada, fárrago luminoso y espléndido resuelto en tu soberbia poesía. “El ser retorna al ser. Nada se pierde./ … lo más puro del alma, el polvo, el tiempo”.

Los críticos que usan guantes de operar y láser para diseccionar la escritura pregonan que fuiste un experimentalista y que te empeñaste en seguir la saga de Barthes, a quien conocías tanto como a otros filósofos que te seducían igual que la música de Stockhausen. Después de releer tu poesía, no hay “inocencia” posible ni opacidad. Esencialidad, sondeo y ebullición de un espíritu que rozó la libertad del ser en franca lidia con la naturaleza. ¿Sin residuo de sombra, cómo obtener la reverberación del texto? Por lo que señala Heiddeger: “Esa disposición fundamental que nos coloca ante la nada”. Por eso preguntas a Ulises, el nómada sagaz: “¿Vas al centro de tu alma?/ ¿Buscas amor? ¿Certeza?/ El viento de ti nace y hacia ti te conduce”.

“Pon un concierto de Bach en el tocacintas/ y sentado a la mesa ensalza tus dones frugales/ esta hermosa y brutal incoherencia de la vida”: Busca desaforada de un centro donde yacer. Aherrojado de ti mismo y de los otros pero no en una mise-en-scéne sacrificial en la cual el inmolado eras tú, sino la humanidad filtrada, consumada y consumida al trasluz de tu ser.