Alfredo Negrete

Geopolítica en el 2019

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Jueves 27 de diciembre 2018

Los países que hoy conforman América Latina, es decir los ubicados al sur del Río Grande hasta los confines territoriales del Cabo de Hornos, tienen patentado como principio rector de la política exterior los movimientos del corazón humano: sístole y diástole. Se abren en busca de la integración comunes, luego se contraen y se aíslan como pueblos únicos que viven en un desierto, sin comunicación con sus vecinos.

No es que no hayan tenido éxito en sus objetivos. Por el contrario, la independencia no hubiera sido posible sin los ejércitos al mando de Simón Bolívar y San Martín. Luego, en el siglo XX la labor y éxito del Grupo Contadora por la paz en Centroamérica, la Comunidad Andina en varias etapas han marcado una voluntad policía coyuntural de la cual se carece por completo en la actualidad. La historia de los fracasos también es muy difícil. La Gran Colombia y otros ensayos similares no pudieron imitar a la histórica unión de las 13 colonias de los puritanos del norte que lograron mantener su confederación y expansión fortaleciendo la base de su hegemonía imperial; muchas veces, con “el gran garrote” a sus vecinos. Sin duda, un escenario ideal para crear las “ Banana Republics”.

La mayor claridad de este proceso se remite un siglo atrás, en 1845 cuando John O. ‘Sullivan lo expresó en un medio de New York: “el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”.

Así se fundó primero la Unión Panamericana y en plena Guerra Fría, la OEA, como en otras latitudes la el Plan Marshall, la OTAN el Pacto de Varsovia. Por eso para varias interpretaciones coinciden en que se concretó la doctrina Monroe: “América para los americanos”.

La Guerra Fría fue fundamental para este proyecto hegemónico y concluida dejó para América Latina, una estela que en los tiempos actuales se denomina: el socialismo del siglo XXI. En su agonía, la Revolución Cubana siguió fértil en un ensayo donde coincidieron genéticamente líderes mesiánicos y una ola de precios internacionales que no vivieron los predecesores de la audacia caudillista. Varios se han salvado -el Ecuador al último- pero por un esfuerzo autónomo y no solidario, que no aporta a estrategias comunes y compartidas en un mundo de graves interrogantes. No llegan las angustias europeas ni las peligrosas confusiones de la potencia del Norte, tampoco las presiones de Rusia o la sabiduría milenaria de China. Los carismáticos líderes y quiénes los eligen son ciegos y autosuficientes. Creen que los problemas mundiales se agotan en nuestras fronteras.

Por eso, lo que pareció un peligro o una terrorífica pesadilla, pasajera para algunos; para otros, como Venezuela, Nicaragua o Bolivia, sigue vigente como lo dijo el guatemalteco Augusto Monterroso, en sus fábulas: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.