Manuel Terán

¿No hacer olas?

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Miércoles 29 de noviembre 2017

¿Qué tienen en común gobiernos de orígenes tan disímiles como el de Macri en Argentina y el de Lenín Moreno en Ecuador? El primero de los nombrados accedió al poder luego de convertirse en la oposición más visible a los gobiernos de los Kirchner que dominaron el espacio político del país austral por cerca de doce años. Proveniente de una familia acaudalada, su contraparte política siempre le atacó señalando que si accedía al poder se venía el ajuste, un retorno a los tiempos del liberalismo a ultranza, en la que las capas más pobres de la sociedad iban a resentir del retorno a un liberalismo impuesto a rajatabla. Nada de eso sucedió. Si bien fue necesario tomar medidas que detuvieron la debacle que se avecinaba si hubieren tenido una actitud indolente, éstas fueron de orden gradual lo que, paradójicamente, le ha valido la crítica de sectores conservadores que reclaman una acción más enérgica en el sinceramiento de la economía, pues consideran que Argentina hoy puede salir adelante por las políticas de endeudamiento, retrasando la adopción de correctivos urgentes, inquiriéndolo porque, a su criterio, el gobierno ha privilegiado lo político por encima de lo económico. No obstante, con esta praxis, hace pocas semanas el macrismo obtuvo un triunfo inédito en las urnas avizorando que, para muchos, dejó de ser un fenómeno político ocasional al que habrá que tenerlo como el más fuerte candidato para dentro de dos años; y, quién sabe, más allá de eso, con los nuevos cuadros entre los que la gobernadora de Buenos Aires María Eugenia Vidal destaca nítidamente.

En el Ecuador el actual gobernante provino desde la misma matriz verdeflex. Muchos imaginaron que continuaría con el estilo y prácticas de su predecesor, pero rápidamente dio señales de distanciamiento. Principalmente en lo político imprimió un nuevo estilo. Leyó adecuadamente los tiempos y descartó la catarata de agravios e insultos que caracterizaron al anterior régimen. Esto le ha valido que tenga una alta popularidad, capital político indispensable para imponer una gestión de propio cuño. Pero en lo económico son pocas las diferencias con las políticas impuestas en la década del saqueo. Hay paños tibios que evitan la confrontación, quizá a la espera de ganar en la consulta propuesta para, relegitimado en el mando, avanzar con un replanteamiento económico más profundo.

Tal vez este estilo se explica en el asesor común que tienen los dos mandatarios, un macrista-leninista declarado, Jaime Durán Barba que, a no dudarlo, tiene una experiencia mayúscula en eso de ganar elecciones y que, de cuando en cuando, agita el ambiente político bonoarense con declaraciones polémicas que poco o nada gustarán en un país no acostumbrado a que foráneos participen en asuntos tan delicados de orden local. Indiscutiblemente lo político tiene como propósito fundamental alcanzar el poder y, accedido a éste, ejercerlo y mantenerlo. El punto está en averiguar hasta cuando la economía puede esperar a la resolución de los asuntos políticos sin que el daño sea insubsanable.