Manuel Terán

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Circula por allí la tesis bastante extendida que lo realizado por este gobierno en poco más de 11 meses de mandato, ha sido rescatable. Esgrimen como argumento que, en ese período, en que marcó notorias diferencias con el líder del grupo que lo llevó al poder, importantes exfuncionarios del régimen anterior están encarcelados, cumpliendo sentencias, hecho que nunca habría sido posible si, como esperaba el núcleo duro de apoyo de ese gobierno, se mantenía el estilo de confrontación y control a ultranza de todos los poderes del Estado, haciendo que estos últimos sean una simple caja de resonancia de los deseos de Carondelet. Para suerte del Ecuador aquello no sucedió y el actual Mandatario imprimió su propio sello a sus actuaciones, actitud que devino en forma temprana en un enfrentamiento con aquel a quien, a su tiempo, lo acompaño en la papeleta formando binomio. Indiscutiblemente nos encontramos ante dos personalidades que se encuentran en las antípodas una de otra. Pero, al parecer, lo que realmente aceleró la ruptura es la nefasta herencia en lo económico y lo institucional que le dejara su antecesor, aparte que se tornaba imposible ocultar los resultados que provenían la colaboración de otros países que puso en evidencia que la corrupción que campeó en la anterior administración no constituyó un hecho aislado sino una verdadera organización, debidamente estructurada, para llevar a cabo actos delictivos con el objeto de apropiarse impunemente de los recursos públicos.

El punto más álgido se produjo cuando el actual gobernante convocó a la consulta popular cuyos resultados bloquearon, al menos por el momento, la posibilidad que el señor Correa se presentase a las urnas para buscar su reelección y nuevamente intente ponerse al mando de la República. Pero, a no dudarlo, todos estos acontecimientos se sucedieron por la lectura cuidadosa que debió darse de los nuevos momentos políticos, cuando adentro del gobierno habrán comprobado que el apoyo popular que sostiene actualmente al régimen es, en buena parte, de los grupos opositores a lo que dieron por llamar revolución ciudadana, que provocó semejante desbarajuste.
Pero no ha habido más que eso. En otros frentes el gobierno se ha mostrado parco, dubitativo y sin iniciativa para imponer correctivos necesarios que permitan superar la crítica situación por la que atravesamos. Y el Ecuador requiere un liderazgo firme que lo encamine a lograr cohesión frente a las amenazas que enfrenta, tanto desde el exterior como dentro de sus propias fronteras.

Ante ese desafío, el Gobierno debe erigirse como el actor que convoque a los distintos estamentos de la sociedad para trazar un plan destinado a superar las dificultades mediante acuerdos básicos. Si a través de los canales y medios correctos se explica adecuadamente el nivel de aprietos que nos acechan es de suponer que habrán renunciamientos mínimos y generosidad patriótica para poner el interés del país por delante que permitan adoptar los correctivos que se tornan urgentes.