Manuel Otero

La agricultura y el desarrollo

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Columnista invitado
Director General del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA)

Los países más evolucionados, convertidos en verdaderas sociedades de la información y el conocimiento, han trazado exitosas estrategias de desarrollo agropecuario y rural.

En nuestro continente, la mayoría de los países debe completar ese proceso, para lo que es imprescindible incluir al sector agropecuario como una prioridad en las agendas gubernamentales. Recorrer ese camino permitirá alcanzar un desarrollo armónico e integrado.

Esta necesidad conlleva el entendimiento de la actividad agropecuaria con un enfoque renovado y esperanzador, capaz de impulsar oportunidades de progreso y agregación de valor, lo que demanda sólidas políticas de estado. Se trata de promover acciones para la cohesión social y territorial de forma innovadora y audaz, de modo de quebrar el ciclo fatídico de la pobreza que crea más pobreza y responder eficazmente a las necesidades de generación de oportunidades para frenar el éxodo a los centros urbanos. Este abordaje permitirá transformar a los agricultores familiares, claves para la seguridad alimentaria, en protagonistas de un cambio, con acceso a una nueva generación de tecnología.

Poner a la agricultura en el centro de la agenda política, otorgándole un estatus de prioridad, fue el compromiso abrazado por Estados Unidos y por la Europa de la posguerra. Muchos de nuestros países, que no han adoptado ese compromiso, deben y pueden revisar criterios que han creado inequidades, reforzando el acceso a educación, salud, infraestructura y conectividad en los territorios rurales para equilibrar su calidad de vida con la de las zonas urbanas.

Dotar de centralidad a la actividad agrícola significa, además, reconocer al sector como la mejor política social disponible. Es que la agricultura es parte inseparable de la solución a problemas acuciantes de nuestro planeta, y por lo tanto de nuestras sociedades, entre ellos la inseguridad alimentaria y nutricional, y las crisis poblacional, energética y ambiental.

Proponemos así avanzar hacia un cambio de paradigma y estimular un nuevo protagonismo de los territorios rurales, que deben ser vistos como focos de progreso, revirtiendo el estigma que los confina como zonas generadoras de pobreza y expulsoras de recursos humanos.

Se trata de una apuesta segura, que construye ciudadanía y capacita recursos humanos por la formulación de planes estratégicos enriquecidos por la cooperación técnica internacional, una de las avenidas por la que transitan las relaciones internacionales. Además de la dimensión solidaria, esa cooperación tiene la capacidad de impulsar el desarrollo.

Su éxito depende principalmente de que sean implementadas a través de políticas con visión de largo plazo, que entiendan a la agricultura como una positiva actividad de transformación económica y social.