Project Syndicate

¿Multilateralismo fragmentado?

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Viernes 14 de septiembre 2018

Kemal Dervis- Project Syndicate

En medio de los ataques constantes del presidente norteamericano, Donald Trump, ha comenzado la batalla por el futuro del multilateralismo. Las demandas anteriores de reformas pragmáticas han escalado hasta convertirse en una presión por una transformación general –o inclusive la destrucción total- del marco global de instituciones multilaterales. Trump parece preferir un “sistema” en el que los acuerdos bilaterales reemplacen el orden multilateral basado en reglas. Como Estados Unidos sigue siendo la economía más avanzada del mundo (y una de las más grandes en términos de precios de mercado), cree que Estados Unidos pueden conseguir el mejor “acuerdo” negociando solo, sin ataduras a las reglas internacionales –una visión que extiende a los asuntos militares.

Si bien el multilateralismo había hecho un progreso sustancial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, surgió la necesidad de una reforma continua, debido a los cambios en la economía mundial. A fines de los años 1990, las economías de los mercados emergentes habían crecido en tamaño y participación de mercado, superando al grupo conocido como “Quad” (Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y Japón), que había dominado el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) y su sucesor, la Organización Mundial de Comercio. Un cambio similar en el “peso económico” afectó al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. En el centro de este cambio estaba el crecimiento espectacular de China.

En la OMC, la mera cantidad de países en desarrollo que se habían incorporado hizo necesario el ajuste. La imposibilidad de concluir la Ronda de Doha después de 14 años de conversaciones, fue un síntoma del problema. A riesgo de simplificar, tres “sistemas” alternativos parecen posibles.

La primera alternativa es un sistema dominado por acuerdos bilaterales, en el que las reglas internacionales y el derecho internacional están ausentes. Esto se aplicaría no sólo al comercio, sino también a las muchas cuestiones regulatorias “detrás de las fronteras” que se han vuelto parte de las negociaciones comerciales. También minimizaría el papel del FMI y del Consejo de Estabilidad Financiera, y pondría fin al esfuerzo multilateral liderado por el G20 para impedir una carrera cuesta debajo de las estrategias de optimización fiscal de las empresas. En su forma extrema, ésta se vuelve una visión en la que prevalece la “ley de la selva”.

La segunda alternativa: el sistema actual, en el que los países utilizan el multilateralismo global para hacer cumplir reglas comunes.

Finalmente, un sistema en el que se abandona el intento por establecer reglas globales y donde agrupaciones regionales o de países con intereses afines formulan sus propios conjuntos de reglas.