Fabián Corral

“Mi” país

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Lunes 19 de agosto 2019

Sí, “mi” país, con su geografía y su soberbia de volcanes, su arrogancia de cordilleras. Su paz aún posible, su gente que modula en tantas formas la humanidad, y que habla igual en el acento castizo de los lojanos como en el argot de los manabitas. “Mi país”, con su memoria que resiste los desprecios.

Mi país, el que viaja en bus interprovincial, en canoa, en mula o en bicicleta; ese que se descubre a sí mismo en la plaza de los pueblos; el del hombre común; el de los creen en sus posibilidades e invierten en su tierra; el de los que se dan la mano en el trabajo y en la empresa. El de los que tienen fe y sonríen pese a todo, y no lloran sino en el secreto de sus casas.

Sí, mi país. Y no aquello de “este país”, concepto que encapsula olímpicas soberbias y desprecios. Porque aquello de “este país” es propio de quienes prosperan aquí y, sin embargo, se quejan. “Este país” es la expresión que marca el descrédito, el “ojalá no estuviera aquí”. “Este país”, con toda su connotación peyorativa, es de los ingratos que tienen como filosofía la quejumbre. Es de las plañideras que lloran la “desgracia” de que no les den gusto en todo lo que quieren.

Vivir denigrando de lo propio, renegando del medio y de su gente, todo eso significa “este país”. Notable es la conducta de algunos que se han acomodado perfectamente por acá, pero desmerecen la tierra que les dio la oportunidad. Notable es la vocación por agringarse, botar el poncho y asumir que se vive en Nueva York, y que todo lo que no se acomode al “americana hay of rife” es inferior y malo. Disparate ilustre es todo esto que gana terreno en la demolición de la dignidad nacional a la que asistimos con indiferencia, porque si algo hemos perdido es el sentido de nación y hemos “ganado” la capacidad de adherir a lo que significa renunciar, dejar de ser.

La visión despectiva del país alcanza dimensiones de ideología. Hay una especie de “pensamiento” que articula el desprecio, una doctrina que hace de lo local, basura. Hay quienes proponen que nos olvidemos del país como punto de partida. Hay los que creen que progresar es renegar de la historia y la tradición y hacerse, en tierra propia, extranjeros.

Yo, por mí parte, apuesto a “mi país” como concepto que rebasa lo electoral, y creo que es un deber amarlo, que es tarea inexcusable redescubrirlo, restaurar su memoria, aplastar los complejos y aprender a ser, serenamente, ecuatorianos, como lo fueron tantas generaciones que creyeron en lo que tenemos y que tuvieron la integridad y la franqueza de vivir desde lo propio.

¿Será posible que volvamos a hablar de “nuestro país” con la entrañable pasión de los abuelos, sin recelos y sin odios? ¿Será posible disociarlo de la política y hacer de él un punto de encuentro y el patrimonio moral de todos?