Fernando Tinajero

Los colores del mundo

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Jueves 12 de noviembre 2020

Cuando yo era niño el mundo estaba pintado en el horizonte con más de mil colores: no solo era posible distinguir los colores de la tierra y el cielo, sino que había también el color de las flores, el color de los pájaros y el color de los perros que dormitaban junto a la pileta en la plaza del barrio. Era muy bello caminar por mi calle, cuyos balcones tenían siempre una fiesta de color con sus geranios; y el domingo, en el parque, no había nada más hermoso que circular entre todas las tonalidades conocidas del verde.

Sin embargo, al crecer, el mundo se hizo gris bajo la dulce tristeza de los Decapitados, y después se hizo rojo con el fervor de las primeras rebeldías. Hoy, por fortuna, he vuelto a ver el mundo henchido de colores; pero conozco a muchos (con frecuencia personas de talento), cuya visión ha sufrido un franco deterioro: solo pueden ver un color, el de su agrado, y se resisten a los anteojos que les devolverían todos los colores del mundo.

Algunas de estas personas han sufrido tal desgaste en sus ojos, que solo pueden ver el rojo, y lo asocian con la imagen de las marchas legendarias y de sangrientas batallas. Su mundo es de banderas y pancartas, de boinas y puños que se levantan con furia. No pueden ver más que eso, y tal es la causa de que su rico pensamiento se haya enflaquecido tanto, hasta llegar a una total simplicidad. Pero todo es rojo para ellos, y si no es rojo no existe.

Otras personas hay con una distinta enfermedad: solo pueden ver el amarillo, y lo asocian con la imagen de un supermercado en domingo: las gentes van y vienen llevando su carrito, lo colman con cajas de cereales, con latas de jugos amarillos, con carnes y frutas y platos y escobas y lácteos y vinos y mariscos y güisquis amarillos; se acercan a la fila, esperan con paciencia, y al llegar a la caja sacan de su cartera una tarjeta amarilla. Y todo es amarillo, porque amarillo es el color del oro.
Si se pregunta a los rojos a quién le corresponde la regulación la vida social, contestarán siempre con un gesto agresivo: “¡Al Estado, porque el Estado es la única garantía de la justicia!”. Y cuando se le haga notar que el Estado suele causar mucha incomodidad cuando se mete en medio de la pareja para inducirle a regular los nacimientos, o en medio de los amigos para asegurarse de la inocencia de sus conversaciones, los interrogados contestarán con un gesto más agresivo que el primero: “¡Hay que garantizar la seguridad del Estado!”

Si la misma pregunta se dirige a los amarillos, mostrarán siempre (bueno, no siempre) una amplia sonrisa y dirán: “El mercado. El mercado es la única regulación que garantiza la absoluta libertad”. Y si se le hace notar que hay poca libertad para quien se ve subliminalmente compelido a comprar este jabón y no aquel otro, vuelve a sonreír y dice: “Bien hecho, para qué se deja”.

¡Y después dirán que ya no hay izquierdas ni derechas!