Marco Antonio Rodríguez

Cobo, el maestro escultor

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Martes 06 de abril 2021

‘Una vez descubrí que la tierra era alto monte a un lado y hondo abismo al otro con el ser humano al centro”, escribió Jesús Cobo (Chunchi, 1953). ¿Cuándo sintió esa urgencia de dejar constancia de esta revelación, renacimiento y principio? ¿En su lugar de origen, una comarca aromosa a tierra y olvido, perdida en las rugosidades andinas? ¿En Quito cuando cursaba sus estudios?
¿En Italia cuando, poseso por el mármol, trabajaba con esa febrilidad que signará toda su creación plástica?
De niño le fascinaba la niebla porque mutaba el paisaje o lo desvanecía. Conciliación de espacio y tiempo, encarnación del movimiento en formas. ¿Y el ser humano? Uno de los signos que el movimiento -fundamento de la creación escultórica de Cobo- erige y suprime, erige y suprime… Somos seres tenues como sombras que borra el viento. La niebla lo disipaba todo y, en ese sortilegio, el precoz artista intuía las infinitas posibilidades de las formas.

Se inició como grabador, adquiriendo la virtud de la paciencia. Pero pronto encontró en la escultura su razón de vida. La verdadera misión del artista escultor es hallar la profundidad, esa dimensión que el pintor puede sugerir por medio de la ilusión de la perspectiva. Y eso es, sobre todo, el arte del maestro Cobo: profundidad. Algunas de sus series: ‘Los Andes’, predominio del paisaje. Ruptura con las formas cerradas. Oscilación en los bordes del equilibrio y la resistencia. Vuelo. Presencia omnipotente de la montaña.
‘Erotema’. La flecha errante del deseo que solo cruza, nunca se posa. Erotismo y sexualidad, dominios con orillas que se juntan pero no se fusionan. Amor: resplandor y querencia. Las tres pirámides de la vida. En su matriz, la muerte, después, otra vez la vida. El genio de Cobo escoge siempre el camino más difícil, cuidando que las formas que él descubre sean naturales, desde la noción de los materiales escogidos. Piedra, hierro, mármol, bronce, madera… se someten a su ímpetu creador.

‘Piedra-Agua’, 1994. Nada reposa. Todo vuelve y empieza. Excepto el centro: piedra y agua. La piedra habla, el agua acoge, devora y olvida. Congregación de la materia y el sentido. La materia sonora y el agua, recogiéndose en imágenes que aparecen y desaparecen, manar de la cascada irrefrenable del ser. En su trabajo hay
un poder discursivo, una potencia implícita que se origina en cierto nivel selectivo de conciencia, esencia atribuida solo a los grandes.
Cobo es un artista libertario. Nunca ha sido súbdito de ningún poder. Su creación le basta. Piezas suyas están esparcidas en museos y colecciones del mundo. Su histórica serie ‘Urbano: una ciudad -Quito o cualquiera de nuestra América-: desarraigo y mascarada. Recogimiento de pasos de una ciudad escindida, distante. Cobo cautivó su ánima. Barroquismo y posmodernidad. Ir y venir de un artista único. “Vuelvo al aire y al agua elementales/ después de haber amado tierra y fuego/ y el color y las formas de las cosas”.